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Mes: septiembre 2007

YO

Roberto era un tipo peculiar, el tipo más peculiar que jamás he conocido y que jamás conoceré. Pasaba completamente inadvertido por su entorno. Nadie se fijaba en él, y creo que tan sólo yo lo hacía.
Nadie conocía su nombre, ni yo mismo. Lo llamaba Roberto como lo podría haber llamado Pedro, Juan, Antonio, José… o de cualquier otra manera.
Roberto no era feo, ni guapo, ni alto, ni bajo, ni gordo ni flaco… Roberto era completa y absurdamente vulgar, anodino quizá. Y esto me llamaba la atención. Esto lo hacía diferente para mí.
Quise hablar con él en numerosas ocasiones. Me acercaba e intentaba preguntarle algo: su nombre, qué hacía allí, dónde vivía… Pero siempre me ignoraba.
No sólo me ignoraba a mí, creo que también al resto de la humanidad. Pienso que le gustaba ignorar a todo el mundo. O que esta era su verdadera forma de ser, que él en sí mismo era la más absoluta y vacía ignorancia.
No sé para qué vivía, ni acaso si se lo cuestionaba. Seguro que no se preguntaba cosas tan estúpidas. Seguro, porque él era la estupidez, la más honda idiotez.
Ni tan siquiera estas mismas palabras podrían aclararme en algo cómo era Roberto.

“Ro”, como algunas veces lo llamaba, no sabía hablar; o al menos no hablaba con palabras o sonidos como hablamos los humanos. Tampoco sabía si me escuchaba, si escuchaba algo o a alguien. “Es una pena”, pensaba. “A veces es bueno hablar, decir algo”, creía yo. “Sino habla, seguro que tampoco llora, ni ríe, ni canta, ni grita…”
“Es una pena”, pensaba una y otra vez. “Un tipo como él seguro que puede decir mucho con esa misma forma de no decir nada”.

Roberto no sentía ni padecía, o sentía y padecía de una forma diferente a cualquier otra forma de sentir y padecer.
Roberto me sacaba de quicio muchas veces. Intentaba que me escuchase, intentaba que me hablase. Trataba de buscarlo a gritos para que me explicase el porqué de su actitud, trataba de averiguar dónde estaba, dónde vivía… Y nunca, cuando yo quería, lo encontraba.
El muy cabrón aparecía cuando menos me lo esperaba.
A veces me pasaba semanas y semanas buscándolo, y bastaba que lo hiciese para que no se mostrase. Creo que esto era lo mejor que sabía hacer: anularse, esfumarse por completo.
El día que menos esperaba aparecía un rato, me miraba desde afuera, como se mira algo que te interesa y desinteresa a la vez, y, al poco, desaparecía otra vez. Nunca sabía cuándo lo iba a ver, ni acaso si lo iba a volver a ver. Tampoco sabía cuánto tiempo iba a estar allí.

Lo odiaba y amaba como no podré hacer con nadie. Odiaba esa indiferencia que me mostraba y que mostraba a los demás, odiaba su estupidez e idiotez, odiaba su estar y no estar. Y amaba lo mismo que odiaba.
Esos dos sentimientos eran tan poderosos que se contrarrestaban la mitad de las veces, y por ello seguramente muchas de ellas no lo veía cuando en verdad quería verlo.

La semana pasada decidí hacerlo. Creía que era lo mejor para mí y para él. Dispuse todos mis sentidos para cuando apareciese. Lo tenía todo dispuesto para cuando volviese a mi lado.

Anoche, a las cinco de la madrugada, llamó a mi casa.
Me abalancé sobre su pecho y le clavé un puñal en el alma.
Fue la única vez que noté un gesto en su cara: me sonrió. Era una sonrisa diferente a cualquiera, una carantoña extraña, fuera de cualquier entendimiento. Nunca podré olvidar ese gesto.

Anoche creía haber matado a Roberto. Pero ahora, al mismo tiempo que escribo esto, lo he vuelto a ver.
Él está aquí, entre estas mismas palabras, él no puede morir y no morirá jamás.
Porque Roberto soy YO.

Lines running fast

To be honest, everything is perfect in my life. House to love, woman to live, job I like to do, money to spend. I can’t complain. I’ve got what I wanted.
A car to drive. White lines on my left, running fast, passing by, almost continuing in a nowhere race. Bluesy black around me. A perfect night to dream. Surrendering myself to music, mixing ideas with hash and a mug of tea. Everything is perfect. Driving.
Not many minutes ago I decided to get into this capsule. Doors closed. Seat belt. Key inserted. Switched on the battery. Lights on. Steering wheel grasped. Engine started. Taking off. Going away.
I’m feeling everything they said about being God. Powerful, full of passion and strength. High from deep to outside. I can press on the accelerator. Eyes guide the way.
I don’t want to stop, but I know petrol will be running out. Everything is finite. That’s how it is. No worries anyhow.

Then suddenly I do not know where I am, nor where I’m going. A tremble traveling rippling through my body. No bother. Freedom is stronger. And yet I don’t know why I am here. No fears. Until the end of the lines.

I’m lost. Who cares.

Seville (english language)

Aromas of orange tree flowers drench the air. Seville is split open. It fills with the flow of spring. The blossoms explode. Sensuality glides and settles. The city seems careless to itself, but its arrogance does not want to savour its own decadence. It deploys a blind proud beauty. And the heat gives signs of force. The weather is still not hot, it controls itself, plays at caressing the spectacle, though it will soon reveal its true character. Holly week. They walk the gods in procession through the streets. Nobody knows, nor wants to know. To accept it is to become lost. While an artist sings his sorrow, a vagabond assumes that things are just like this, and a bohemian splashes his colors, the party makes the drama happy. Fairy of April. The lights ignite. Happy dreamy moments are heard. A guitar strums. They all want to clap. And the girl dances, laughs and plays castanets. Verde que te quiero verde, Green I want you green. Todo es de color, Everything is colorful. And a stranger does not explain himself. Those who know do not want to understand. A genius is astonished by fearful hallucinations. A man cries out what it was, it might be… what it will be… and then he is baffled.
The sun exploits the street. Seville burns. The soil is hot. The air is dry. The bodies boil. The facades burst. The city is loved and hated. There is fear. Fear to look at itself. Demasiao, too much, this is demasiao. Everyone flees and hides from the lava. The heat rises like a volcano. And people wonder. They want to find themselves without understanding themselves. Sorrow suffocates. Seville wants to forget. And the future does not matter, does not exist.
And then, this day comes. It rains. A freshness promises to be. And it rains again. The sadness is soaked, it wants to dissolve in the water. And it rains again, because it always rains without warning.
The cold stalks. It advances towards its prey like a feline driven by instinct. And the water spatters. And then winter attacks and wants to freeze the night. It cannot. The city does not abandon itself. The cold fails and light win.

Seville suffers. It suffers in inconsiderate and irresponsible whirls. Malos tiempos para la lírica, Bad times for poetry, a lyricist says to me with discouraged tears. Bad times chiquillo, boy. And nobody wants to look. It is not heard. It is neither accepted nor considered. Respect was turning into absurd haughtiness. The bells toll in the archaic tower. And nobody hears anything, nobody wants to understand. Death is nearby, bothering the soul. The tragedy hides inside. Ignoring is easier. And the gypsies sing by the bonfire outside. Volando voy, volando vengo. Flying I go, flying I come…
The sun lights up again. The clouds scatter. A gentle breeze blows. The moon waits, calmly. Looking at everything while it opens until extended. Luna lunera, cascabelera.

Seville. Everything goes and everything stays. You better let it go. Come in and dance. Tomorrow is another day! Some churros with hot chocolate. Take this salmorejo today, and tomorrow we’ll have gazpacho. Feel the power of this land. Serve me a glass of manzanilla wine woman, because wine drowns sorrow! A few spiced olives, one of the pinchito meat brochette, a portion of serrano ham, a mollete sandwich of pringá, a tapa of tortilla and some fried fish direct from the sea. Horses. Bulls. Blood. Passion. The soul suffocates and hurts. And the red burns. Life flows, escapes, spreads. And the claps sound again and again. The rhythm deafens. The fingers play the strings. Pasa la vida… Life goes by…
And something is going on? Nothing is going on, boy. Viva Seville and olé. Demasiao, too much, this is just too much. Best thing in the entire world. Viva Triana, hurray.

Baile (incluido en mi libro “Leyendas Adolescentes. Editorial Castillejo. 1998)

─¿Qué piensas?
─ ( … )
─Está bien, no hace falta que contestes, tan sólo sigue bailando y escúchame. ¿Vale?
─ ( …. )
─¿Sabes? La guerra es una estupidez, todos hablan de ella y nadie sabe, excepto unos pocos, lo que realmente es. Se pasa mal, realmente mal. Sólo piensas en que acabe, y, cuando acaba, quieres empezar a vivir de nuevo. Pero, cuando quieres vivir, la propia vida te obsequia con otra guerra, con la guerra de la vida.
No, no, no. No quiero que hables, no quiero escuchar tu opinión. Tan sólo quiero bailar contigo y que tú me escuches.
Voy a apretarme un poco más a tu cuerpo, hace tiempo que no bailo con una mujer.
Me gusta como hueles.
¿Sabes? Esta canción va a durar pocos minutos. Quiero apurarlos al máximo. Después quizá todo quedará olvidado entre nosotros. ¿No?
─ (….)
─¿Me dejas que te bese?
─ (…. )
─¿Sabes? Hacía tiempo que no besaba a una mujer. Y… ¿Sabes? También hacía tiempo que no besaba de la forma en que acabo de besarte ahora. Bueno, la verdad es que nunca he besado como ahora lo he hecho, con esta intensidad. ¡Tenía tanta miseria que ahogar, que apagar! Creo que este beso lo ha hecho un poco.
─ ( ….)
─¿Sabes? Todos los días veo morir a gente a mi lado. Unos no se dan cuenta de que mueren, un tiro o una bomba les sorprende sin más. Otros agonizan día tras día en los hospitales de campaña.
Me pregunto si su vida habrá tenido sentido, si estuvieron aquí para algo. No sé. Mañana quizá me toque a mí. Pero… ¿Sabes?, al menos yo he bailado antes de morir, he bailado en la guerra; esto dará algo más de sentido a mi vida, a mi muerte.
Gracias por bailar conmigo, por escucharme, por dejarme que me apriete contra ti, por permitirme que te bese. Gracias por tu silencio.

————–

David despertó debido al sonido de la sirena que avisaba de un repentino ataque aéreo. Justo después de su sueño, escribió esto en una amarillenta hoja de papel. Cuando salimos a defendernos me metió el papel cuidadosamente doblado en uno de los bolsillos de mi pantalón y me sonrió feliz.
David no sobrevivió a aquella embestida del enemigo, pero hizo algo
que nadie allí había hecho: bailó.

Llorando palabras (Comienzo de mi libro editado por Celya Editorial . 2005)

Escribir por escribir no vale.
Hay que escribir cuando se sienta la necesidad de
sangrar en el papel.
¿Llorar? Sí, me gustaría hacerlo, pero no sé.
Sólo sé llorar escribiendo. Llorando en silencio palabras.
La felicidad me envuelve tanto cuando logro atraparla que no me paro a escribir de ella. Todas mis palabras son tristes.

Hay días en que la muerte me cae bien. Momentos en los que ya conozco todo. Sé de qué va esto y nada me merece la pena.
¡Tantas veces me he parado a pensar que estoy solo! ¡Tantas veces lo he sentido como principio y final!
Miro alrededor y todo se me desmorona. Todo ajeno a mí. Yo solo.

Una vez pensé en un barco lleno de amigos sonrientes. Navegando. Sonriendo sinceramente.
Ese barco se hundió con todos ellos y tan sólo yo m salvé. Yo solo. ¿O acaso me ahogué yo y los demás se salvaron?

La chica preciosa con la que ayer soñé me negó su beso. ¿Por qué se me rompen los sueños?
Quizás el próximo sueño de mujer se haga realidad. Tengo que buscar esta esperanza. ¿Me engaño con esto?

No quiero pensar en mujeres. Quiero volver a la infancia inocente. Odio al hombre que me persigue. No quiero necesitar besos ni caricias.

Una vez me diste una manzana. ¿Por qué no me dejaste comerla entera? ¿Por qué me das algo que no quieres que coma?
Si juegas a ser Eva déjame ser Adán.
Sé que te gusta poner a prueba a la mujer que llevas dentro. Pero, déjame entonces ser el hombre que yo llevo. Si no, no pruebes nada, no experimentes conmigo.

Es tan largo el camino que llevo recorrido… Me duelen tanto los pies… ¿Cuánto me queda por andar?
Creo que debo buscar unos zapatos cómodos.

Si me caigo setecientas mil veces, ¿cuántas caídas son necesarias para completar el cupo? ¿Siempre tengo que caer y levantarme? ¿Acaso es así el juego?

No me digas nunca más que no. No me hagas repetir con otra esta estúpida partida. Enséñame las reglas de tu juego.

Nada serio

Hoy es día para escribir nada serio,
porque hoy hay que abrir el alma de par en par,
dejar fluir las cosas,
y muchas cosas no son serias si se miran por la otra cara.
Hoy no es día de estudio y prosa,
porque esto contiene a los sentimientos
que buscan libertad,
y la puerta del alma necesita de un sereno anárquico.

Hoy es día de hacer nada,
porque nada hay más importante que el sentir,
dejar hacer a los cinco sentidos,
y vivir la vida como viene.
Hoy es día para no mirar el reloj,
porque las manecillas giran sin mirarte a ti,
implacables en cualquier caso,
y envejecerás más rápido con el tiempo pasado.

Hoy es día para amar.
reír, llorar, gritar,
saltar, caminar, bailar,
y hacer lo que surja.

Hoy es día para nada serio.

Espera para la huida

Victorio espera sentado con Celia a su lado, una perra husky siberiano que me mira con ojos nobles pero orejas atentas. La puerta de su vivienda se divisa abierta al fondo de un largo pasillo de unos dos metros de anchura, al que se accede tras una cancela con portero electrónico que da a la transitada calle Mendoza. Me encamino hacia la vivienda recorriendo el largo pasillo abierto al cielo azul; a mi derecha voy dejando las puertas de entrada a las casas, con una separación de unos diez metros entre ellas y el sol pegándoles de soslayo. El muro de la izquierda aparece recio, coloreado entre un gris húmedo y un anaranjado de pinturas añejas ya descoloridas, está adornado por plantas que caen de los travesaños y macetas alineadas en el suelo junto a la pared. Las viviendas contienen más de ochenta años de historia desde que fueron levantadas por primera vez. Momentos de esperanza, desesperanza y miedo, me da la sensación de leer en ellas. Historias de un pueblo argentino que aún se mantiene con estoicismo ante las desavenencias de los tiempos que corrieron y corren por él. Una plegada mesa de camping hace de valla a la puerta del departamento cinco para que su compañera no se escape y meta en las puertas vecinas. “Esta casa era de un turco antes de que la compraran mis suegros. Tenía un negocio enfrente, en lo que ahora es el Banco de Santa Fe. Lo vendió todo y se marchó a qué sé yo.”
Hace pocos días que salí del invierno de Edimburgo, volé más de catorce mil kilómetros y ahora me hallo de lleno envuelto en la estación opuesta. La sensación térmica es de 28 grados centígrados y la humedad relativa del 47 por cien, dice la televisión en la casa. Siento la piel sudorosa, y la ropa pegada al cuerpo. Me parece como si el trópico de Capricornio no estuviese muy lejos, pero los atlas han definido esta zona del litoral como “de clima templado húmedo”, lugar en que los vapores del Paraná impregnan todo.
Victorio espera a que lleguen los de OCA –uno de los dos servicios de correo argentino-, mientras ojea el diario La Capital. Vive en el barrio Echesortu –a unas veinticinco cuadras del centro-, en la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe. Zona de clase media-trabajadora levantada por inmigrantes italianos y españoles a principios del siglo pasado.
“País de miércoles. Si será posible. El pasaporte italiano me llegó en quince días y estos hijos de la remilputa… No valen pa´nada.”
Si no me hubiese dicho que era de descendencia italiana quizá no hubiese relacionado sus gestos y mirada con algún personaje de la novela de Mario Puzo, pero ahora no puedo evitar hacerlo.
– ¿Qué prisa tiene? –le pregunto.
– Lo vendí todo. Estoy esperando el pasaporte argentino, y ahora me estoy gastando la plata. Estoy to el dia al pedo. ¿Vos podes creer? No valen pa´ nada.
Lleva treinta y cinco días esperando un trámite que no tendría por qué tardar más de dos, pero me dice que en la policía le dijeron que no hay suficiente papel. Su familia comenzó a marcharse a Palma de Mallorca hace un año. Él se resistía e intentaba sacar de nuevo a flote la empresa que perdió. “Antes vivíamos bien; teníamos tres autos, una casa quinta con pileta y todo… todo se fue al carajo”, me dice con su habla argentina que creo mezcla entre la tonalidad del hablar italiano y el idioma español.
Victorio es uno de los miles de argentinos que espera un pasaporte para huir a España. Su mujer lo hizo hace un año, y su hijo hace un mes. Meterse en la aventura de buscar algo mejor con sus setenta años a la espalda le parecía una boludez. Jamás se le hubiese ocurrido una idea semejante, pero las cosas se han precipitado en su vida, en un país dónde la desesperanza se apodera del pueblo, y ahora decide seguir a su familia y buscar algo mejor para el resto de sus días, para curarse de caídas y heridas pasadas en la madre patria. “Y cuando me venga ese dichoso pasaporte chau, ya no vuelvo nunca más.”
El devenir de la historia juega pasadas más que curiosas. Los españoles e italianos moldearon el país. Sus hijos y nietos lo vieron convertirse en potencia mundial. En tiempos de mi abuelo Argentina mandaba víveres a una España que andaba azotada por el fraticidio y el hambre. Ahora a España le toca devolver la jugada a este pueblo de tango herido. ¿Pero es España lo que los argentinos esperan? La paradoja salta en mi mente cuando pienso en la cantidad de jóvenes españoles que andan buscando un empleo digno, la plataforma de parados mayores de cuarenta años, las pensiones… Pero estos hermanos del cono sur están dispuestos a buscarse la vida de lo que sea y como sea más allá del Atlántico, en lo que ellos llaman con admiración Europa. “La hierba siempre es más verde al otro lado del muro”, dice un refrán anglosajón. “Y algún laburo voy a encontrar”, dice Victorio elevando la vista al cielo.
“En este país tenemos de todo: fruta, verdura, carne…Mucha tierra fértil. ¿Y dónde está la plata? Ahhhh. No hay nada que hacer. Los políticos son unos chorros, son lo peor que hay.” “¿Escuchó el tango? El que no llora no mama, el que no afana es un gil. Y dale no más. Y dale que va. Esto es precisamente Argentina.”
Y entonces callo y pienso en que eso me suena a conocido entre las gentes de mi propio país, ese país al que ellos van buscando oxígeno. Y no sé qué decir. Me hace sonreír con su canto argentino, el tono de su hablar, el lunfardo que le sale y que me cuesta entender sino fuese por el sentimiento que contagian sus palabras. Cambalache, siglo XX, problemático y febril… Y hace algún tiempo que estamos en el XXI. ¿Qué tango para esta nueva era?

Sevilla

Aromas a flor de naranjo asaltan el aire. De par en par se abre. Se llena de la emanación. Los capullos estallan. La sensualidad sobrevuela y se posa. Orgullosa despliega una belleza cegada. Se sabe descuidada. Arrogante no quiere sentirse decadente. Y el calor da señales de fuerza. Aún no quema, se contiene, juega a acariciar el espectáculo aunque pronto se avivará en su genio. Mientras un artista canta su pena, un vagabundo asume que así es la cosa y un bohemio pinta el color a su medida la fiesta alegra el drama. Las luces se encienden. Se escuchan alegrías soñadas. Una guitarra suena. Todos quieren palmearla. Y la niña ríe y castañetea. Verde que te quiero verde. Todo es de color. Y un extraño no se explica. Los que lo saben no lo quieren entender. Un genio se asombra con miedo alucinado. Un hombre llora lo que fue, podría ser,… qué será… y entonces se turba. Los dioses se pasean por la calle con la interrogación en las entrañas. Nadie sabe, ni quiere saber. Aceptarlo es perderse.
El sol explota en la calle. La ciudad arde. El suelo quema. Seco el aire. Los cuerpos hierven. Las fachadas revientan. Se odia y se ama. Se teme. Le da miedo mirarse. Demasiao, esto es demasiao. Y todos huyen y se esconden de la lava. El volcán se enfurece. Y se pregunta. Quiere tenerse sin encontrarse. La pena ahoga. Se quiere olvidar. Y el futuro no importa, no existe.
Y luego, ese día llega, llueve. Se anuncia un frescor. Y llueve. La tristeza se moja, quiere disolverse en el agua. Y llueve, porque siempre llueve sin avisar.
El frío acecha. Avanza hacia su presa como un felino al que el instinto nubla. Y chisporrotea el agua. Y luego ataca y quiere congelar a la noche. Sólo intenta enfriarla sin poder helarla. No puede. La ciudad no se deja. Y entonces se siente celoso y se va. Y la luz le puede, la deja entrar.

Sevilla sufre. Padece en torbellinos desconsiderados e irresponsables. Malos tiempos para la lírica me dice un poeta con lágrimas desalentadas. Malos tiempos chiquillo. Y nadie quiere ver. No se escucha. Oídos sordos. No se acepta ni considera. El respeto se fue quedando en una soberbia absurda. El sinsentido suena en las campanas de la torre del ayer. Y nadie oye, ni quieren comprender. La muerte está cerca, agonizando el alma. La tragedia se esconde dentro. Ignorar es más fácil. Y los gitanos cantan con la candela encendida. Volando voy, volando vengo…

Y el sol enciende de nuevo. Las nubes huyen. Una brisilla sopla. La luna espera, serena, mirándolo todo poco a poco se abre hasta hacerse grande. Luna lunera, cascabelera.

Sevilla. Todo pasa y todo queda. Quizá mejor es pasar. Pasar y bailar. ¡Que mañana se verá niño! Unos calentitos con chocolate. Tómate ese salmorejo, que mañana se hará gazpachito, siente la fuerza de la tierra. ¡Échame una copita de manzanilla mujer, que el vino alegra las penas! Unas aceitunitas aliñás, una de pinchito moruno, una racioncita de jamón serrano, un mollete de pringá, una tapita de tortilla y un pescaito de la mar. Caballos. Toros. Sangre. Pasión. Ahoga y duele el alma. Y arde el rojo. La vida fluye, se escapa, desparrama. Y las palmas suenan una y otra vez, que el ritmo ensordece. Unos dedos rasguean las cuerdas. Pasa la vida…
¿Y pasa argo? Que no pasa na quillo. Viva Sevilla y olé. Demasiao, esto es demasiao. Lo mejó der mundo entero. Viva Triana.

Homus digitalis. La vida entre ceros y unos.

(Artículo escrito entre febrero y junio de 2001, durante mi estancia en la Universidad de Arhus, Denmark.)

Puede resultar una idiotez, a estas alturas en las que nuestra vida anda inmersa, decir que un gran cambio en las comunicaciones nos está engullendo. Y puede resultar así porque muchos son ya los científiicos y humanistas que están metidos hace años en el análisis de este proceso de cambio que envuelve nuestras vidas. Me refiero a la digitalización. Sin embargo, aún encontramos por ahí personas a las que todo esto del mundo digital le suena a película de ciencia-ficción.
Con este artículo quiero introducir algunas ideas que me fueron señaladas durante mi estancia en la universidad de Arhus, Dinamarca, bajo la tutela de las clases del profesor Wolfgang Kleinwachter, y que he venido analizando y desarrollando en los últimos meses. Espero ayuden a reflexionar sobre el tema a todos aquellos que aún no creen que estemos envueltos entre tan solo dos dígitos, ceros y unos.

Convergencia tecnológica y divergencia de servicios.

No nos damos cuenta que cada vez que utilizamos el teléfono, la televisión o la radio lo estamos haciendo dentro de un entorno digital, bajo una codificación de ceros y unos. Esto está suponiendo, a la vez que una mejora en la calidad de recepción y emisión, una convergencia tecnológica, es decir, el uso de aparatos que poco a poco van a convergir en un solo sistema desde el que se tendrá acceso a todo tipo de comunicaciones de que se disponga.
Atendamos a estos tres puntos:
– Muchas son ya las personas que hacen uso del teléfono a través de su ordenador e internet para conferencias interprovinciales e internacionales, con el consiguiente disgusto de las companias telefónicas.
– Cada vez son más los que disfrutan de televisión digital, tanto por cable como vía satélite. Y se comienza a ver como realidad la digitalización de las ondas de televisión terrestre. También, poco a poco, la tecnología hardware va evolucionando y se tiene acceso a imágenes de vídeo de mayor calidad a través de internet, por lo que el ordenador pronto será el sistema que controle la televisión en nuestros hogares.
– Es un hecho la digitalización sonora de la radio tanto por cable, terrestre y satélite, y solo queda la comercialización de receptores desde los que además de radio a la carta se tenga acceso a información adicional de texto y gráficos con contenido de todo tipo pero, en especial, de ayuda para la mayor calidad de conducción, tanto para la mayor seguridad y fluidez del tráfico como para el ahorro energético (radio en el coche).

Esta convergencia tecnológica está, a su vez, facilitando una divergencia en los servicios, que ya ha sido señalada implícitamente en los tres puntos anteriores.
Me explico. A través de internet se tiene acceso a casi todo: periódicos, radio (están contabilizadas mas de 1000 estaciones de radio que operan a través de internet), vídeo, televisión y teléfono. Pero eso no es todo, es un hecho que a través de internet se tiene acceso a la educación (cursos a distancia de toda índole consultándose tanto a profesores como a cualquier tipo de bibliografía y datos), al teletrabajo (el comercio electrónico está haciendo multimillonarios en USA y cada vez es más fuerte el apoyo y empuje ejercido por los piases de la Unión Europea) y a la telemedicina (muchos pacientes crónicos están siendo ya tratados desde su propio domicilio a través de internet y su pantalla de ordenador, hablando en tiempo real con el doctor o asistente mediante la web-cam y recibiendo consultas vía e-mail).

Internet y su División Digital.

Mientras una gran parte de nuestra llamada Aldea Global se beneficia de esta vertiginosa carrera hacia lo digital promovida por sus propios gobiernos, otra inmensa y mayoritaria parte permanece al margen. Se manejan cifras de que frente a los 500 millones de personas que están conectadas a internet existen 5.5 billones que se encuentran offline o que ni tan siquiera saben lo que el término significa o acaso les preocupa.
Esta división digital no es un problema que cuadre tan solo dentro del tradicional distanciamiento entre norte-sur u occidente-oriente, sino que se ubica también dentro de las sociedades más evolucionadas. La diferencia está creando dos tipos de ciudadanos que están gozando de desigualdad de oportunidades.
Es evidente que cada vez más y más funciones de la vida cotidiana tienden a ser llevadas a través del ordenador e internet, esto está provocando una división digital tanto entre sociedades como dentro de ellas que limita una igualdad de oportunidades al respecto.
Mientras unos se benefician de un mayor acceso a la información, que les está ofreciendo mejores oportunidades de promoción laboral, comunicación más rápida mediante e-mail, diversión y entretenimiento, otros quedan marginados de este desarrollo. Esto comienza a ser un asunto problemático (tanto en el ámbito político como social) que ya está siendo llevado a debate por los gobiernos.

Mientras en muchos países se están promocionando y extendiendo los servicios de la digitalización por cable, se ha considerado prácticamente utópico el cableado de África debido al inmenso costo que esto supondría y a la excasísima rentabilidad que se obtendría. Obviamente, habría que tener además en cuenta que en este país existen problemas mucho más urgentes de resolver que el uso de internet. Si a un chico de Senegal se le enseña un ordenador, probablemente te mirará con cara atónita y te dirá si lo puede cambiar por un buen par de bocadillos, un pantalón o, en su caso, un lápiz.
La marginalidad digital en la que se encuentra el tercer mundo podía ser trazada brevemente en cinco puntos: escasa infraestructura, altos precios del hardware, alto coste de acceso a internet, falta de educación y control de los recursos por parte del gobierno.
Sin embargo, hay excepciones que se han venido desarrollando en los últimos años en algunos países del Pacífico Asiático (Singapur, Malasia y Corea), Estados del Golfo Árabe (Dubai, Bahrein y Omán) y algunas islas remotas como las Maldivas o Tuvalu. Esto nos puede dar a entender que muchos de los llamados países del tercer mundo están viendo Internet como una extraordinaria oportunidad para desarrollarse económicamente.

Si queremos ejemplificar la división digital dentro de sociedades avanzadas, nos basta referirnos a datos del Departamento de Comercio Norteamericano. Según éste y estadísticas tomadas con variables de ingresos, educación, sexo y raza, mientras, por ejemplo, un hombre blanco con un considerable nivel educacional y alto nivel de ingresos tiene un acceso a internet del 100%, una mujer de raza negra de baja educación e ingresos tiene menos de un 5% de acceso a la red.
Una división similar puede encontrarse dentro de países europeos como Alemania o el Reino Unido. Adicionalmente, existe también en Europa una profunda división entre países del Norte, con cerca del 50% de acceso poblacional a internet, y países del sur donde tan solo el 5% de la población es estimada online.

Espaburgo

Aparece un día precioso. El sol enciende el inmenso celeste del cielo, y las nubes están en algún sitio de su espacio que no se deja ver. La ciudad brilla y las verdosas (de húmeda vida vegetal), sólidas y oscuras paredes medievales muestran un color rejuvenecido. La ciudad es otra. Es verano. Y por el momento la brisa corre sin prisas, haciendo notar su frescor a la sombra. Pero aquí nunca se sabe: cuando más confiado estás el aire amontona vapor sobre el infinito, cubre todo con un manto gris y la lluvia amenaza. “Four seasons in a day”, que dicen los escoceses.
Esta impredecibilidad del clima no permite fijar excursiones a plazo sino es bajo la condición de “si hace malo hacemos algo en casa”. Pero hoy hemos acertado, nos la hemos jugado y allá que vamos.
A la mañana he recibido la confirmación telefónica de Virginia, y nos hemos citado a las afueras de un complejo de cines muy céntrico. En un principio también iban a venir Juan, Matías y Marta, pero nos hemos reunido otros tantos que me son desconocidos. Todos somos españoles, al menos esto es lo que el DNI marca, aunque, entre el desarraigo y el querer olvidar en el “exilio”, uno ya no sabe muy bien a qué tierra pertenece. Se vive al día, pocos son los que proyectan su futuro, y muchos los que desde sus entrañas piensan en volver algún día. Hoy nuestro destino es un parque en el que se va a celebrar un festival con algunos conciertillos. Y la idea es disfrutar del día y hacer un picnic bajo la consigna de “cada uno que lleve lo que quiera”.
Esperamos a que lleguen todos los citados y luego tomamos un bus cerca del complejo cinematográfico. Yo ya llevo cinco años aquí, intuía que cada vez emigraban más españoles a esta ciudad pero lo que hoy me sorprende es ver que dos de las parejas que vienen con nosotros llevan carritos de bebé. Me he preguntado y luego enterado que las criaturas han nacido en este benefactor Edimburgo. Quiero calcular que los progenitores no alcanzan los veinticinco años, auque para adivinar edades soy un poco desastre. Dentro del bus se hace notar que somos latinos: charlas desmedidas de intensidad, llamadas y gestos hacia los asientos de atrás, risas,…
Y después, sobre la hierba del parque, fiambreras con tortilla de patatas, aliño de papas, sándwiches de jamón y queso, aceitunas… y para beber vino, y algunas latas de cerveza Tenent’s (made in Scotland) que se entremezclan junto a algún que otro litro de San Miguel… En un pequeño reproductor de cds suena “El último de la fila”. Pedro es de Cádiz y María, su mujer de Madrid. A su bebé de apenas cuatro meses también le han puesto de nombre María. Pedro me dice que en Cádiz no podría vivir como vive aquí, que “tendría que trabajá cuarenta y osho horas ar día pa’ medio viví”, y que a su bebé y mujer las ayuda mucho más el gobierno de aquí, y que él gana más y tiene mucho más tiempo pa’ disfrutar de la familia… Carmen nos escucha mientras no deja de vigilar a Lola, su pequeña de dos años que corretea por el parque no muy lejos nuestra; el padre no ha podido venir porque estudia en la Universidad y prepara exámenes. Miro la feliz inocencia en la sonrosada cara de la niña, y me pregunto cómo sentirá el contraste entre lo que vive con sus padres y el jardín de infancia al que va, qué quedará en unos años de española en ella… Entonces le pregunto en ingles:”Do you speak in english?”, y se echa las dos manos a la boca con una sonrisa tímida, y después las aparta y me dice con desparpajo “hi”. La madre me dice que no es bilingüe sino políglota, que habla español, inglés, y lo que le interesa en un lenguaje medio raro.

Según el Consulado español de Edimburgo, hasta la fecha hay 2972 españoles registrados, frente a los 2361 que constaban en el 2000. Entiendo esta cifra ridícula conforme a lo que la situación me aparenta, pero también la veo significativa (un 20% más en cinco años). Y, según me comentó la propia canciller en una breve entrevista: “Hay muchos más de los que figuran. La gran mayoría de los que aquí viven no se han registrado por no necesitarlo tras su condición de comunitario, y de muchos de ellos no sabes hasta que tienen que, por ejemplo, renovarse el pasaporte”.
Aunque quizá parezca exagerado, entre rumores corre la cifra de 40.000 españoles habitando en esta ciudad. Y ya se sabe aquello de “cuando el río suena, agua lleva”.

En lo que a influencia idiomática se refiere, en estas tierras de Walter Scot el español ocupa el tercer puesto entre las lenguas que se han enseñado tradicionalmente (por debajo del alemán y el francés –prioridad en las escuelas-). Pero el interés está creciendo enormemente, empujado por el aumento del turismo escocés en busca del sol y las playas de España.

*En Edimburgo, la enseñanza de la cultura e idioma español se ofrece en: 3 Universidades, 2 Colleges, 28 Centros de Secundaria y 8 de Primaria. Datos facilitados por el Consulado General de España en esta ciudad.

Edimburgo, Agosto del 2005