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Mes: diciembre 2007 (página 1 de 2)

Edimburgo, la ciudad de mi libertad. Tantas experiencias desde que llegué por primera vez aquel 7 de abril de 2000 que es mejor dejarlas para un libro. “Desde mi libertad”, quizá sería un buen título, como aquella canción que escuché mucho antes de empezar a volar.

Aarhus, Denmark. Febrero 2001. Estuve en esta ciudad tan sólo cuatro meses, haciendo cursos para un Doctorado que no terminé. Podía haberme quedado estudiando con alguna beca, pero ya conocía Edimburgo, y esta ciudad me embrujó, así que decidí volver lo antes posible y organizar mi vida en ella.
Esta fue la primera vez en mi vida que vi una playa nevada.

Mi padre, y su trabajo, nos llevó a todos a Santa Cruz de Tenerife, una isla maravillosa. 6 años estuvimos en ella. Antes ya habíamos estado un año en Valladolid. Mi salud empezó a mejorar mágicamente. Comencé a desarrollar, porque hasta entonces los corticoides me tenían contenido a lo bonsái. Muchísimos recuerdos: el instituto, las fiestas, los amigos, la música, mis sueños, mis primeros trabajos en la radio, mis primeras “Leyendas Adolescentes”… Y la playa, aquel Atlántico, mar y sol que NUNCA OLVIDARÉ.

Diez años después de que me trajesen a mí a la vida, ya éramos 5. La familia quedó completa. Mamá, papá, Manu, Adolfo, Ana, David y Javier.

Antes no había ordenadores, ni playstations, ni gameboys… así que aquí estoy vestido de cowboy. La foto es también de Mazagón. Ese día me vestí así para una fiesta de disfraces.

En verano solíamos ir de vacaciones a la playa. Estuvimos algunos años yendo a Mazagón, pero mi abuela –por parte de padre- compró un apartamento en La Antilla y allí que íbamos. Esta foto es de Mazagón (Huelva), yo tenía 4 años y aún era hijo único. Un hermano había fallecido de un derrame cerebral con apenas dos meses cumplidos, dos años atrás. Mis padres estaban asustados, desconcertados, ¡qué sé yo!Pero pronto la vida llenó la familia… y fuimos “familia numerosa”.

La fiesta nacional, como la quieren llamar. No me gusta que torturen a un animal, es deplorable, pero me es difícil ponerme en contra de las corridas de toros. Cuando voy a la Maestranza y siento el espectáculo taurino, el colorido, la energía del tendido… un batiburrillo de sentimientos se apodera de mí, peleándose en mi conciencia, y quiero participar del sentir de la fiesta. La explicación que encuentro es que desde pequeño fui espectador y cómplice.

De pequeño

Como tantos, dos seres fueron quienes quisieron meterme en esta historia. Y, como a tantos, nadie preguntó si quise venir; así es siempre. También, como tantos, nací llorando y desperté a la vida por el azote humano. Y afuera una mujer, la misma que me tuvo dentro: el calor de una madre, una sonrisa llena de amor infinito. Y un padre que proyectaba su yo en mi.
Con arroros y mismos intentaron calmar mi llanto desesperado. Quizá quise volver adentro, en el limbo de las entrañas maternas estaba mejor. Pero tenía que estar afuera, afrontar la vida… Como tantos. Y seguí llorando hasta que el generoso pecho me amamantó. De la mujer vino mi primer alimento, mi hogar. Y a la mujer siempre quiero volver. Porque, como tantos, la mujer pertenece a mi esencia.
Sin embargo, todo principio tiene su original, y la diferencia corría por dentro. De pequeño nací con una insólita enfermedad, diagnosticada de mil maneras improvisadas en la ignorancia médica. Y mientras esquivo al dolor y la muerte, mi sangre corre con el estigma de genes que se unieron en un entorno familiar.
Un niño enfermo y delicado. Un chico frágil en la escuela. A veces discriminado, otras amado y protegido. Débil afuera. Haciéndome fuerte dentro. Alma rebelde que no da tregua a la rendición. Rebelde con causa.
De pequeño la inocencia aceptaba el sufrimiento sin preguntar. De pequeño uno siempre es pequeño, e inmenso a la vez.
Mis recuerdos no son de un patio dónde crece un limonero, como los de aquel poeta. Mis recuerdos son de un barrio de Sevilla, de un jardín de infancia, de un colegio de sacramentos y rezos donde la verdad me era dada como dogma, dónde mi mundo se reforzaba en soledad para poco a poco ir creyendo a su manera. Mis recuerdos son de una guitarra con la que entonaba canciones de otros, un piano que no aprendí a tocar, y sueños de música que me persiguieron por siempre. Y veranos en playas de Huelva, entre arena, mar y sol. Y salas de hospital entre olor a antiséptico, enfermeras, médicos y paredes blancas. Y sufrimiento contenido porque sí, porque la esperanza es grande y siempre lo llena todo. Y fines de semana en aquel pueblo de olivos y campo, volando por sus calles con la bicicleta de la inocencia. Y amigos que ya no están, y un amor que nunca fue… Y tantas cosas que se esfumaron en el aire del pasado.
De pequeño aprendía a entender y ser lo que estoy siendo hoy. Y mañana seré lo que hoy entienda y sea.

Mi padre siempre puso los ojos en mí.

Obdulia y Adolfo (papás maternos), papá Manuel y mamá Ana María. Y yo soplando las velas de mi segundo cumpleaños. Aún era hijo único: mimado, consentido… La foto habla por sí misma.