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Mes: enero 2008

perteneciente a la obra “Cuentos veloces”

Nadó y nadó, tanto que al salir de la piscina le sobraba el aire.
Marchó al mar y desapareció. Se convirtió en pez.

Ele se despereza

Ele se despereza en la virginidad del nuevo día. Se enfada por la ruptura del descanso, pero salta y llena de energía su ser para hacerse cargo de la responsabilidad del vivir. Calienta la pava, ceba el mate. Y entonces me sueña otra vez, esta vez despierta, y se ilusiona por renovar nuestra emoción. ¡Qué nuestro amor es lo más importante! ¡Que la mundanalidad y rutina de la calle queda después!
Va a mi encuentro. Camina con coraje bajo un cielo de tango azul. Con gesto de guerrera fuerte, que ha sabido batallar en tormentas y terremotos devastadores, pisa segura. Inocencia, ternura. Nobleza y madurez. Niña, mi niña. Mujer, mi mujer. Princesa del palacio de mi vida.
Ele me dice “Buenos días mi Amorrr”, repiqueteando la r con tensión sensual; lengua y paladar dando melodía. Como un bandoneón presiona y succiona las palabras que en las mañanas leo. Pasión. Saltó la chispa. Prendió la llama. ¡Arde Troya! Y yo me deshago como cera calentada por el fuego de esta pasión; la cera de un amor rojo que se endurece en su ausencia para volver a derretirse tras sus palabras de canto argentino. Y, ¿qué puedo hacer? Mis letras se agolpan y atascan torpemente, se apelotonan embarulladas en su plétora feliz; sonrío. Poco más puedo que gritar escribiendo “¡Buenos días Princesa!”, y hacerle creer que ya no está ni estará sola nunca. “Por Siempre, Para Siempre”, me escribe. Y le jaleo “¡Ole Ole Mi niña!” “¡Como la trucha al trucho te quiero yo!” “Y más y más” “Nadie como yo. NADIE, NUNCA. JAMAS”. Que el destino manda, y que aquí mandamos los dos.
Dos en uno fabricando amor.
Y hablamos. Escribimos nuestros sentimientos desde la brutal distancia de dos cuerpos que se necesitan, pero feroz cercanía de dos almas apasionadas que se buscan. Sufrimos por no poder saciar nuestro instinto, pero nos alegramos de que pronto nuestras vidas estarán fundidas para siempre. Nos impacientamos por tenernos, pero sabemos que nos poseemos, que nos pertenecemos desde más allá del origen de nuestras vidas. Mucho que expresar, demasiado para tan sólo un sexto sentido con el que conjugar para este entendimiento. Un sentido de palabras, signos que confluyen para crear los otros cinco. Veo su mirar, escucho su voz, inspiro su esencia, saboreo su piel y el húmedo de sus labios… Deseo y desespero su mujer.
Los días vacían sin su presencia. Y espero a la noche para adivinar su rostro, pintar su alma, coger el ritmo de su corazón para bombearle la sangre. Líquido de vida al que quiero pertenecer; siento celos de los glóbulos que la recorren.
Quiero hacerle un amor a medida, en un trabajo que se laboreará sin final. Ele, mi obra inacabada. El libro definitivo. Después de ella nada alcanzará esta dimensión.
Y mis noches no pueden imaginar lo que vendrá, porque si no temblaría la tierra que me rodea. MUJER. Tanto tiempo mi ser esperando este ser a su lado que contiene el miedo a la impresión. Pero, “¿temor a qué?”, pregunta alguien dentro. No hay que temer a algo que te pertenece. Algo que es tuyo será reconocido al instante. Como la carne se reconoce en la uña. Como la piel de tus manos que se renueva año tras año, y envejece con ellas.
Y el día se llena de alegría tras mis pasos torpes. Con el corazón latiendo sangre nueva lo observo ilusionado. ¡Que la esperanza de amor nunca se perdió en mí! Porque siempre creí encontrarlo algún día, ofrecerlo a su dueño.
Y proyecto mis fantasías sobre la ciudad que habito. Planeo paseos de dos corazones abrazados: ya bombeando la sangre al mismo compás, llenando el alma de un placer desmesurado. Busco en la mujer que me lleva la curiosidad por las nuevas cosas. ¡Que las calles renacerán cobrando la riqueza que pocos ven tras sus rutinarios pasos!
Ele. Ojos negros. Mina profunda. Mineral precioso trabajado en silencio, guardando años de soledad soberana. Magia. Yo seré el minero. Bajaré a tus profundidades. Observaré, indagaré haciéndome hueco entre tus entrañas. Escudriñaré en tu esencia. Arqueólogo del paraíso.
Piel morena, estrellitas del mejor vino que el azar salpicó para tintarla de generosidad y coraje. Superficie que recorreré un día, camino sin fin de mi tacto. Sentido aún desconocido que explotará volcando mi alma, vaciándola para llenarla desbocadamente en una labor sin fin. Pétalos de la flor más delicada. Dulzura y acidez de secreciones. Gestos y movimientos de pasión sin tregua. Beberé de tu licor como comeré en un pan nuestro de cada día
A veces siento este sentimiento compartido tan frágil como tallo nuevo. A veces fuerte como un roble. Hay que mimarlo y cuidarlo, alimentarlo y regarlo, protegerlo de males y fríos. Construiré un invernadero a manera y medida. Jardinero meticuloso.
A veces celos. Posesión. “Sólo pa ti Mi Manu”, me dice. Así lo quiero. Y en ese instante quiero poseer hasta el aire que respira. Ser sus pulmones, su corazón, darle el caudal a su sangre. El instinto que me protege anula la duda. No quiero creer, quiero saber, ser, estar. Sé que te quiero y que tú a mí también. Sé que es para siempre. Sólo pa mi. Egoísmo. El amor es exclusividad. ¿Compartirías tu corazón, tu máquina de vida con alguien? Si dudamos sufrimos. El mismo corazón para los dos. Nadie más. Sólo uno. Dos en uno fabricando amor. Aurículas y ventrículos conectados a la par. Músculos que empujan ríos de pasión.
Y la primavera llegará. Dejaremos que la noche nos recoja juntos, abrazados. Soñaré las estrellas tras tus ojos después de haber bebido el vino de las de tu piel. Amaneceremos al nuevo día que nos saludará tras la ventana, que dará la bienvenida a una esperanza repleta de ilusión. La vida será fácil amándonos. Primavera. Verano, otoño, invierno. Siempre existe la magia. El reloj de las estaciones nos embriagará en cualquiera de sus formas. Los días nublados abrigarán entre sus estratos. La lluvia limpiara la miseria. El viento se llevará los malos humos. El frío hará encender el fuego interior. Y el sol revitalizará de nuevo, lo iluminará todo.
Te quiero.
Nunca amé a una mujer cómo lo estoy haciendo. Nunca amaré así. Después de ti no hay nada. ¿Por qué contuve tanto dentro? Siempre te esperé. Eres la primera. La única. No sé si estaré preparado para tal evento. No sé si mi alma podrá dirigir a mi cuerpo en la batalla. No quiero quedarme a medias, con el pelotón sintiendo que no se dejó la vida en ello. No quiero no querer, porque TE QUIERO.
“Mi vida”, me dices emocionada cuando te hago llegar, como mejor puedo, la sensación de esta indescriptible energía que las palabras no alcanzan. Pero queremos escribirlo una y otra vez. “Muchísimo”, me dices. “Yo más:” “¡Guerra!” gritas en tus letras. “Arderá Troya”. Y sin duda que Troya arderá. Un incendio que arrasará lo humano para sentirse Dios. El artificio llegará al infinito. Todos los colores se mostrarán en nosotros, la gama será tan alta que los pintores se sentirían cegados, tirarían pinceles, destrozarían paletas, quemarían sus obras,… abandonarían su arte frustrados tras ver lo banales que son.
El día tan sólo cobra sentido si te siento a la noche. El reloj de pulsera está cansado de mi mirada repetitiva. “Ya falta menos”, le digo. Y martilleo su cristalito con el dedo índice. Lo burlo y sonrío.
Ella y yo. Suspiramos, contamos los días entre nuestras palabras de cada noche. Nos ansiamos por abrazarnos calculando cuántos nos quedan para el encuentro. Cada vez se hace mas larga la espera, aunque veamos la llegada cada vez más cercana. Dos niños en una infinita noche de Reyes Magos, insomnes por la llegada de los regalos en la madrugada.
Un
avión te traerá hacia mí. Aunque en el este del mundo se quiera matar a nosotros nos da lo mismo víctimas que asesinos. Quizá, si la tierra tuviese tan sólo un átomo de nuestra energía giraría más unida. Pero nosotros tenemos planeta propio. Atravesarás el aire sobre mar y tierra envuelta en nuestra fantasía. Y yo estaré allí, esperando, en algún sitio del aeropuerto. Será la llegada más importante del día, aunque no la anuncien los diarios. “Eres preciosa. ¿Lo sabes?” Y me apretarás contra tu pecho. Siempre juntos Mi niña. NADIE. NUNCA. SIEMPRE. Por siempre, para siempre.
Y busco canciones, para escuchar mientras deshacernos entre sus notas. Busco darle música a la primavera que nos verá florecer. Y cantarás por las mañanas sonriéndole al nuevo día. Fresca, limpia, llena de una ternura asesina. Terrorista de la melancolía. Y la orquesta estallará en una sinfonía frenética, apasionada. Me encantará ver el milagro de tu sonrisa en el despertar al nuevo día.

Y LA TARDE llegó. Ni las fronteras ni las sonrisas incrédulas pudieron detener la magia que te arrastraba hacia mí, que nos atraía a los dos, que conformaba el destino de dos seres que se pertenecen desde antes de nacer.
Y nos abrazamos. “Mi Manu”, me dijiste. ¿Sabes que eres preciosa?”, te respondí. Con timidez busqué en tus labios mi primer beso, encontrando los mios en tu comisura izquierda. Y el alma se bloqueó por no dar cabida a tanto sentir. Pero nos reconocimos al instante. El amor cobró la expresión concebida. Sangre de mi sangre. Piel de mi piel.
Y te llevé al pequeño-gran Palacio que adorné para nuestro reinado. Y nuestro amor se delataba escondido entre las calles del centro de esta gris ciudad. Porque hace tiempo estas calles me acogieron y dieron su bienvenida como jamás hizo la que me vio nacer –de la que huí empujado por este mi bendito destino-. Porque gris no es un color triste sino protegido entre muros de piedras fuertes, cielos con nubosos mantos, lluvia que limpia el aire y vientos que se llevan los males.
Internet nos dio a conocer, nos dejó ir. Edimburgo nos unió para siempre. Por siempre.

Música -remasterizado de su versión original en Leyendas Adolescentes-

La realidad superó al sueño. Le dio un punto y aparte aquel 8 de diciembre; precisamente el mismo día en que cumplí los 24 años de edad. Ahora lo quiero traer a la memoria entre estas líneas.
Siento que duró demasiado poco, me gustaría haberlo vivido más tiempo. Aunque, me llena el alma de satisfacción creer que las consecuencias cambiaron, para bien, el sentido de la historia.
Los sueños, cuando son tan inmensos siempre aparecen breves. Pero un sueño intenso y valioso quizá debe tener el tiempo justo. ”Lo bueno, si breve dos veces bueno”, que dicen. Al menos, creer esto me reconforta.

5.400 D.C.

El ambiente en el platillo Snauzer II era seco y monótono.
Mi familia y yo llevábamos conviviendo dentro de él unos doce años. Yo era hijo único, mi nombre es Dan.
Mi padre, Taylor, tenía 44 años y se conservaba bastante joven, ya que era un gran deportista y seguía al pie de la letra las recomendaciones genético generativas del doctor Kaz.
Mi madre, Wewa, era dos años más joven que él, y estaba considerada como una de las mujeres más bellas de la Vía Láctea, incluso había recibido galardones de la revista World y participado en numerosos certámenes de moda y elegancia.

Tenía muchas ganas de volver a la Tierra; cantidad de documentos de antepasados familiares me hablaban de ella provocándome una profunda nostalgia, y las únicas referencias con que disponía provenían del televisor virtual, estando excesivamente limitadas para los sentidos. Esto me resultaba más que insuficiente; mi ser pedía sentirla de verdad.
El Planeta Azul estaba en fase de desinfección desde hacía 824 años y se esperaba que para finales de ese invierno terrestre (o el siguiente a más tardar) pudiese ser visitado. Todos teníamos muchas ganas de volver. Yo difícilmente podía esperar.
La gran pena que inundaba mi alma, y que no pocas veces me había hecho saltar lágrimas de impotencia, era que no había absolutamente ninguna vida en él. Los animales que el televisor virtual me hacía imaginar, las plantas y flores que no podía oler, el agua del río que bajaba de la montaña y que nunca pude beber, el mar en el que no me podía bañar… la vida que hacía años existió, y el saber que el ser humano había sido el encargado y único responsable de exterminarla, me hacía sentir terriblemente mal. Pero, por otro lado, me sentía algo reconfortado al pensar en el regreso; me consolaba sintiéndome afortunado por haber vivido justo en la época en que el regreso era posible.
Algunos estaban tan acostumbrado a la vida íntergaláctica (sobrellevando bien, aunque con la obligada dosis diaria de DB ─Droga Básica─, la claustrofobia que producía el vivir en el clima acondicionado de platillos y naves) que les daba miedo la idea de volver a la Tierra. Pero yo era un rebelde y, aunque la mayoría de las veces no tenía más remedio que acudir a la DG para anular las emociones negativas, estaba empeñado en torturarme una y otra vez con imágenes y sensaciones del pasado de la humanidad, intentando buscar respuestas a cómo iba a ser posible la vuelta de la civilización al Planeta Azul y, lo que aún creía más complicado, la conservación y repoblación pacífica del Planeta.

Taylor se encontraba en la piota de salud jugando al skaths con Wewa; mientras, algunas vibraciones melodiosas se dejaban entreoír por todo el platillo.
Detuve un momento mi atención en aquellos armonios y fui hacia el lugar de donde provenían para ver de qué se trataba. Taylor y Wewa tenían el armodoc en su máxima intensidad soportable. Al abrir la corredera de kamikauto que daba entrada a la piota los vi sudando como snizers. Atravesé con cuidado la piota pegado a la pared y le pregunté a Moc, nuestro robot, que quién compuso aquella vibrasón. Moc tardó unos segundos en responderme, ya que se hallaba analizando la estrategia de juego de Wewa para chivatearsela a Taylor sin que ella lo supiese. Al poco rato me respondió con su peculiar voz chillona que Los Nakotas.
Salí del receptáculo a toda velocidad. Creo que dejé la corredera abierta, ya que Wewa me reprendió gritando mientras me alejaba corriendo por el pasillo. Fui a ver si tenía ahorrado algún dinero. Entré en mi piota, abrí la karepé donde tenía guardado mis ahorros y volví hacia la piota de salud.
La corredera tenía puesto el cierre de seguridad y la música dentro sonaba intensa, así que tuve que llamar varias veces para que me abriesen. Moc me reprendió, diciéndome que era la hora del tiempo-salud, que no molestase más; pero conseguí persuadirlo para que me escuchara. Era un buen robot, de la generación omega, un poco anticuado pero muy apto para la convivencia. Le di el dinero y le dije que me comprase todos los docs que pudiera de esa agrupasón.

La música era mi sueño, mi vida y mi trabajo.
Desde muy pequeño intenté aprender a tocar el piano láser, pero las clases impartidas por la Escuela Pupil de Ciencia Musical eran demasiado aburridas para la mente intranquila e inocente de un niño, así que dejé los estudios musicales. Quizá, si pudiera rebobinar el tiempo y meter en mi cerebro infantil la inquietud que ahora tengo, hubiese finalizado aquellos estudios; aunque, pocos éramos los que tan sólo con ocho años conseguíamos aguantar aquellas soporíferas clases con aquel obsoleto sistema de enseñanza interactivo. En fin, no tenía estudios musicales, pero conseguí domar mi piano láser y extraerle algunas melodías que a mí me parecían sublimes.

Tuve dos agrupasones musicales: “Los Makis” y “Dan y Los Zeta”. Ninguna de ellas tuvo ni éxito, ni perdurabilidad en el tiempo, ni nada que se les pareciese.
“Los Makis” seguían reuniéndose para tocar y ensayar en los salones Takos de la nave de esparcimiento Vortex de la órbita de Plutón.
Yo era la voz solista y el pianista y compositor. Pasaron de mí porque llegué tarde a dos ensayos por haber perdido el transbordador. De todas formas, no era la clase de gente con la que se podía mantener una relación amistosa, y mucho menos un grupo de música. La pena es que me di cuenta demasiado tarde. La última vez que los vi fue en el entierro de Kolgate.
Kolgate era un tipo sencillo e inocente, de mente simple, algo bruto pero bonachón. Se mató con su Sazuka 5: un cohete descapotable de los más modernos. Chocó frontalmente con un meteorito y estalló en el espacio. Quizá lo vuelva a ver en la otra vida.
“Dan y Los Zeta” sí eran mi grupo de música: un grupo compacto, con imagen y personalidad. Nos dejamos crecer el pelo hasta los hombros y decidimos no peinárnoslo nunca, para que luciera libre y salvaje. Con ellos sí estaba a gusto. Eran buena gente, chicos universitarios que amaban el arte, conocían el respeto y sabían lo que era la amistad y seguir un proyecto en común. Pero tuvimos que dejar de ensayar y tocar por incompatibilidad con la jornada laboral y los estudios de alguno de los miembros, y eso que ya habíamos conseguido actuar en directo en cuatro ocasiones.
Así que parecía que mi destino no era ése: la música me quería pero no como uno de sus creadores sino como uno de sus amantes.

Trabajaba en la emisora RIG 100 como locutor y operador de sonido. Tenía un programa musical de “nuevas tendencias”, de seis a nueve de la tarde hora intergaláctica. El éxito en este terreno sí parecía tener espacio en mi vida. El programa recibía muchas llamadas telefónicas, cartas de felicitación y ánimos para que siguiera en antena. La radio llenaba mi vida, aunque todavía me quedaba la espina de publicar
un doc con mis propios temas musicales; este era mi sueño, y mi frustración hasta el momento.

Volví a la piota de control mientras intentaba, silbando, imitar la vibrasón de Los Nakotas que aún escuchaba a lo lejos.
De repente, atendí al monitor de espacio exterior con asombro: quedé perplejo. Ante mis ojos, en la pantalla, se acumulaban una gran cantidad de extraños objetos circulares, aplastados, de color negro, con un pequeño agujero en el centro. Impulsé un poco la silla movediza hacia el PCC (Panel de Control Central), hacia el AEE (Analizador de Espacio Exterior). Pulsé las palancas que daban acceso a la cabina del OM (Ordenador Molecular) y le pedí un exhaustivo análisis del material que se encontraba en el exterior. Ordené al ROE (Recogedor de Objetos Extraños) que retuviera en la CP (Caja de Partículas) todos o algunos de los objetos, para que el ordenador pudiera analizarlos con detenimiento y precisión. La computadora me pidió que detuviera la nave. Lo hice.
Mientras el ordenador hacía su trabajo, mi nerviosismo aumentaba por momentos. Me comía las uñas sin dejar de mirar el monitor. De pronto parpadeó el O.K. en la pantalla y comenzó a salir la información:

OBJETOS CIRCULARES DE UNOS 15 CENTIMETROS DE RADIO.
SUPERFICIE DE 1413.72 CENTIMETROS CUADRADOS COMPUESTA POR UN MATERIAL EN DESUSO… QUIM. RADICAL HIPOTETICO DE FORMULA -CH=CH2 LLAMADO TAMBIEN ETENILO. LA PRESENCIA DEL DOBLE ENLACE EN SU FORMULA PERMITE LA ADICION DE VARIOS DE ESTOS RADICALES SIENDO TAL EL ORIGEN DE LOS PLASTICOS LLAMADOS VINILITAS. SON INTERESANTES SUS COMPUESTOS CLORURO DE VINILO Y ACETATO DE VINILO. ESTE ULTIMO ES EL POLIACETATO DE VINILO. SON NO TOXICOS Y SOLIDOS.
LA CIRCUNFERENCIA ESTA FORMADA POR UN PEQUEÑO SURCO QUE RECORRE TODA LA SUPERFICIE.
EN EL CENTRO POSEE UNA ADHERENCIA DE PAPEL COLOREADO CON TEXTO ESCRITO.
HAY 20. TODOS DIFERENTES UNOS DE OTROS.

Esta información no resolvió mis dudas, al contrario, las aumentó. No podía esperar más, tenía que observar personalmente esos objetos. Tenía que cogerlos, tenerlos en mis manos. “No todos los días encuentra uno objetos realmente curiosos en el espacio”, pensé.
Me dirigí a toda prisa, corriendo por el pasillo, hacia la Caja de Partículas, dónde se encontraban retenidos los objetos en cuestión. Pedí al BM (Brazo Mecánico) que me extrajera uno. Lo extrajo, abriendo la compuerta corredera de la caja, y me lo acercó lentamente.
Observé aquel hallazgo con suma curiosidad y atención. Lo cogí por los bordes con las dos manos. Le daba una y otra vez la vuelta y leía las frases que numeradas se encontraban en el pequeño papel central. Algo me decía que lo que tenía entre las manos iba a conmoverme extraordinariamente.
No fui a enseñarles a mis padres el hallazgo, ya que, posiblemente, me echasen alguna reprimenda por no haberles consultado antes de introducir un objeto extraño en la nave. Decidí averiguar por mí mismo qué relámpagos era aquello.
Me llevé a mi piota el objeto circular de poliacetato de vinilo. Lo coloqué despacio, con cuidado, en la cama de aire, y me dispuse a revisar mis archivos visuales de historia de la música. Creí recordar haber leído que a finales del año 2000 desaparecieron casi completamente de la tierra como formato de venta al público unos soportes musicales conocidos con el nombre de “discos o elepés”, y que por decisión del OEPDF se hicieron desaparecer los que habían sido guardados en la discoteca de lo que entonces fue la lanzadera espacial Vortex (que se vino a convertir en la gran nave de esparcimiento Vortex, donde la mayor parte de la juventud pasaba su tiempo de ocio). Pero no estaba seguro de haber encontrado aquello, no me lo podía creer.
Mi enciclopedia musical-visual informatizada no contaba en sus archivos con nada al respecto. Tan sólo me pudo informar de lo que ya antes había creído recordar; aunque, eso sí, me mostró en pantalla un disco de vinilo y me dijo cuál fue el primitivo sistema para reproducirlos.
Sin ningún tipo de dudas, sabía que lo que tenía entre manos era algo grande, algo que me haría saltar a la fama, al estrellato, a la inmortalidad. Pero tenía que sacar de aquel trozo de materia los sonidos que contenía, y ese sería mi trabajo a partir de entonces.
Volví a coger de la cama, con más entusiasmo si cabe, aquel vinilo. Lo miré con mucha más expectación y admiración que la primera vez. En el papel del centro y en letras mayúsculas decía: The Beatles.
¿Quién remarcianos eran esos tíos? Tenía que averiguarlo en ese mismo instante.
Consulté de nuevo mi enciclopedia musical y pedí información en los archivos de historia de la música. En pantalla apareció la siguiente información:

GRUPO MUSICAL (1962-70). JOHN LENNON, VOZ Y GUITARRA DE RITMO; PAUL McCARTNEY, VOZ Y BAJO; GEORGE HARRISON, VOZ Y GUITARRA SOLISTA; Y RINGO STARR, VOZ Y BATERIA.
TENDENCIA MUSICAL LLAMADA POP-ROCK.
FORMADOS EN LIVERPOOL, INGLATERRA, PLANETA TIERRA.
GRABACIONES MUSICALES EN SOPORTE VINILO -CONSULTAR QUIM. ETENILO- .
NO EXISTEN ARCHIVOS SONOROS EN TODA LA GALAXIA,0 DEFINITIVAMENTE DESAPARECIDOS EN LA GUERRA.

Desde la silla anatómica, donde estaba sentado observando la información de la pantalla, y sin levantarme, giré la cabeza para volver a mirar el disco que tenía sobre la cama. Algunos segundos permanecí inmóvil, contemplándolo con más expectación que antes, como si esperase a que me hablase.
De repente me levanté de un salto, lo cogí con una mano, sin tener ningún cuidado, y salí a toda prisa de mi piota.
Por el pasillo del platillo, corriendo como un loco, me dirigí de nuevo a la PC (Piota de Control). La corredera se abrió. Entré y coloqué el disco encima del analizador para que lo radiografiase y analizase. El monitor me mostró una ampliación de un trozo del vinilo: tenía un surco en forma de espiral, modulado en profundidad y anchura.
Evidentemente, me quedé con mayor expresión y sensación de asombro que cuando por primera vez lo vi junto al resto flotando en el espacio, antes de que la CP (Caja de Partículas) los recogiese. Ahora estaba mucho más impaciente y ansioso, porque sabía que allí contenida había música, sonidos del pasado que despertarían nuevos sentimientos en mi alma, y quién sabe, a lo mejor realizaban mi sueño y me hacía espectacularmente famoso en toda la galaxia.
Tenía que averiguar de una u otra forma cómo extraerle los sonidos a aquel trozo de acetato, así que me dispuse a trabajar en lo que a partir de ese momento iba a ser mi investigación: construir un aparato que posiblemente hubiera desaparecido hace más de tres mil años y que leyese “discos musicales”.

Volví a mi piota y consulté de nuevo en mi enciclopedia musical-visual. Pero, esta vez no le pedí a mis archivos infográficos sobre historia de la música, sino sobre soportes y materiales de almacenamiento. Al introducir la palabra “disco musical” apareció en pantalla:

INICIADO POR THOMAS EDISON (1847-1931) CON EL LLAMADO FONOGRAFO. ESTE CONSISTIA EN UNA ESPECIE DE EMBUDO CUYO EXTREMO DE MENOR RADIO ESTABA CERRADO POR UNA LAMINA DE MICA, LA CUAL ESTABA UNIDA A UNA AGUJA QUE SE DESLIZABA POR UNA PLACA DE METAL BLANDO QUE ERA PERFORADA POR DICHA AGUJA, TRAZANDO UN SURCO QUE DEPENDIA DE LAS VIBRACIONES SONORAS QUE HACIAN QUE LA LAMINA DE MICA SE MOVIESE. LA AGUJA PERFORABA LA PLACA DE FORMA NO LINEAL, Y EL SURCO VARIABA EN PROFUNDIDAD. EL SURCO ERA GRABADO SOBRE UN DISCO QUE GIRABA A VELOCIDAD CONSTANTE. PARA REPRODUCIR ESTA GRABACION SE UTILIZABA LA MISMA AGUJA, QUE LEIA EL SURCO DE NUEVO, LO QUE DABA COMO RESULTADO QUE LA LAMINA DE MICA VIBRASE, HACIENDO VIBRAR A SU VEZ LAS PARTICULAS DE AIRE PRESENTES EN EL EMBUDO Y REPRODUCIENDO LOS SONIDOS DEL DISCO.
PARA MAS INFORMACION RECURRA A LA PALABRA “FONO”.

No me hizo falta más información, lo tenía decidido: debía reconstruir aquel invento arcaico. Tenía que hacerlo pronto, muy pronto, cada vez aumentaba
más y más mi impaciencia.

Me llevó un par de semanas la reconstrucción de aquel viejo invento. En todo momento mantuve consulta con la enciclopedia musical y con algunos archivos científico-técnicos de la BDC (Base de Datos Central).
Construí un pequeño motor atómico que hacía que el disco girase a 33 revoluciones por minuto. Una aguja de diamante de Venus trasladaba las modulaciones del surco del acetato a una trompeta de bronce. Todo parecía estar listo, aquel invento estaba ya preparado para reproducir los sonidos que tanto iban a conmoverme.
Eran las cuatro de la tarde y acabábamos de almorzar. Después de llegar de mi jornada de trabajo en RIG 100, me sentaba a la mesa con mis padres para el almuerzo familiar: charlábamos mientras comíamos, haciéndonos cómplices de nuestras ideas e inquietudes. Tras el almuerzo familiar, casi siempre solía relajarme y descansar, viendo alguna película o durmiendo un rato. Pero aquel era el gran día y comí de prisa, sin casi pronunciar palabra.
Mis padres notaban algo extraño en mi comportamiento desde aquel día en que encontré los discos. No sabían lo que andaba tramando y me percibían distante y ansioso. Mi madre parecía intuir algo raro en mi comportamiento (dicen que todas las madres tienen un sexto sentido con los hijos).
Entré en mi habitación y cerré la corredera. Saqué del escondite el invento y lo coloqué encima de la mesa con sumo cuidado y misterio.
Debajo de la cama guardaba el disco, los otros debían seguir en la Caja de Partículas. Lo cogí con delicadeza; entonces lo miré atentamente y sentí un extraño escalofrío por el cuerpo mientras mis ojos escaneaban una y otra vez toda su superficie.
Lo coloqué en el fonógrafo y, con atención y miramiento, coloqué la aguja de diamante encima, al comienzo del disco. Antes de dar marcha al motor del aparato respiré hondo y miré al techo de la nave como intentando confabularme con el destino. Arranqué el motor y aquello comenzó a sonar.
Creo que jamás podré explicar con palabras lo que sentí. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, y se me pusieron los vellos de punta cuando escuché los primeros compases de aquella melodía… Love, Love, Love… Love, love, love… Love, love, love… ¡Dios mío! Era increíble. Parecía que ya había escuchado aquella vibrasón antes, y eso que hacía centenas de años que había sido compuesta. La sentía muy adentro.
No sonaba bien aquel artefacto que yo mismo había construido, y tenía que mantener la oreja a menos de veinte centímetros de la trompeta por la que salía la música, pero eso era lo menos importante. Lo más importante era la magia que contenía aquella vibrasón.
Comprendí entonces que todo lo que estábamos haciendo los humanos era una verdadera basura. Los sonidos siderales que se estaban componiendo eran una auténtica porquería; no había verdaderos sentimientos en ellos. Sentí una profunda tristeza y dolor. Lo que estábamos haciendo con la vida era destrozarla y lo que a mí me había mantenido en ella, la música, era falso. Estábamos equivocados, y había que rectificar. Yo iba a rectificar. Debía comenzar una nueva revolución, una nueva etapa. Pensé que el destino había puesto en mis manos aquellos vinilos para que la juventud del siglo LV se diese cuenta de que debíamos cambiar de ruta, buscar un nuevo futuro.
Después de no más de un par de minutos, levanté la aguja del fonógrafo y paré el motor sin dejar que la vibrasón terminase. Antes de seguir tenía que buscar la manera de grabar aquello.
Conecté mi ordenador personal con la base de datos de RIG 100.
Desde la salida de audio de mi sistema envié los sonidos del disco a mi zona privada de archivos musicales de la emisora para que quedasen registrados, por lo que pudiese pasar. Registré el disco completo por las dos caras. Mientras los sonidos eran pasados a RIG 100 mediante un codificador-decodificador de ondas hertzianas, me sentía pleno, daba vueltas y vueltas a la piota intentando imitar la melodía que estaba escuchando. Saltaba encima de la cama y latigueaba los brazos hacia el suelo chasqueando los dedos.
Cuando finalicé la grabación del disco por las dos caras lo escondí rápidamente en varios sitios: primero en uno, luego pensaba que allí lo encontrarían y buscaba otro, y así unas siete u ocho veces. Al final lo oculté debajo de la cama, colocado dentro del cajón de chapa del fonógrafo. Verifiqué si las vibrasones estaban bien grabadas y salí de mi piota.
Atravesé corriendo el pasillo del platillo hacia la Caja de Partículas. Fui a ver si podía coger los demás discos para realizar la misma operación y grabarlos en mis archivos de la emisora cuanto antes. Tenía que poseer todos esos sonidos del pasado; cuanto antes mejor, cuantos más mejor.

Hacía mucho tiempo que el asombro y la posterior furia no recorrían mi cerebro: los discos no estaban allí. Un enjambre de sentimientos propios de un satánico se apoderaron de mí: mataría al cabrón que había robado mis discos, lo destriparía, le sacaría las entrañas y las esparciría por toda la galaxia… Pero al rato, en un flash de serenidad, pensé que estaba demasiado alterado por los acontecimientos, que los únicos que podían saber de aquello eran mis padres, y que si ellos hubieran descubierto algo me hubieran preguntado. Ellos no hubieran cogido los discos de la Caja de Partículas sin preguntarme si yo era el que los había capturado. Además, nadie más había entrado en la nave excepto el servicio de desodorización, y ellos no tenían por qué tocar para nada la Caja de Partículas. “Esto es muy raro, debe ser un accidente”, pensé.
Abrí completamente la compuerta de la caja y, apartando hacia un lado el brazo mecánico, metí la cabeza para ver si se habían quedado ocultos en el fondo. Mi sorpresa saltó de nuevo cuando observé tras el cristal cómo el lado inferior derecho de la caja tenía un boquete de unos cuarenta centímetros de ancho. ¡Maldita sea! Insulté, injurié y ladré a la Luna, y maldije al destino mil veces. Entonces recordé que hacía ya más de un año nos había ocurrido exactamente lo mismo cuando navegábamos por la atmósfera de Mercurio y un astroncio atravesó de igual forma la Caja de Partículas. Sí, debería haber ocurrido lo mismo. Pero… menos mal que aún me quedaba el disco de los Beatles, éste era mi consuelo.

Volví a mi piota. Por el pasillo me saludó Moc y me anunció que quedaban diez minutos para la cena familiar.
Entré en mi piota y eché el cierre de seguridad a la corredera. Miré otra vez si el disco se encontraba dónde lo había guardado y, tras cerciorarme de que efectivamente estaba allí, en la caja del fonógrafo, volví a comprobar si los sonidos habían sido grabados en mis archivos de RIG 100.
Todo estaba en orden. Ahora sólo me quedaba pensar con tranquilidad qué iba a hacer con aquellos sonidos. Dos opciones eran las que me venían a la cabeza: una la de radiarlos por la emisora en mi programa y sorprender así a toda la audiencia intergaláctica, y otra, y la que creí más provechosa y genial, la de copiar aquel estilo de música tan fresco versionando los temas con mi propia voz y grabando por fin el doc tan soñado.
La segunda opción era la más acertada, la que iba a hacer realidad mi sueño, la que me iba a elevar alto. Un rayo de alegría e ilusión me recorrió todo el cuerpo sintiendo otro extraño escalofrío cuando llegó a mi pecho. Algo me decía que todo iba bien, que aquello era el principio de algo realmente importante que tendría un buen fin. ”Posiblemente sacuda al sistema musical que aturde y manipula las neuronas de la gente joven del LV, que no deja actuar ante tanta desgracia y vida vegetativa”, pensé. “Me voy a convertir en un Mesías. ¡Aha! Voy a montar una nueva revolución social que incidirá en todos los niveles ─seguía diciéndome con una ilusión cegadora─. Y seré el héroe del nuevo milenio. Pero, debo tener cuidado, no vaya a ser que a
cabe crucificado por los viejos del OEPDF (Orden Espacial por el Desarrollo Futuro). Debo comenzar a trabajar pronto, debo hablar con algunos amigos músicos y montar la banda. Aunque… nadie jamás debe saber que mi estilo perteneció a un grupo del pasado, nadie debe conocer a aquellos Beatles, porque a partir de ahora los Beatles van a ser yo. Claro, debo cambiarles el nombre: en las enciclopedias sí que aparece su nombre y si lo mantengo crearé sospechas y…”

Moc llamó a la corredera de mi piota para anunciarme que mis padres estaban esperándome en la piota-comedor para la cena familiar.
Durante la cena estuve absorto en mi proyecto. Tenía que organizarlo todo con sumo detalle: debía buscar un sonido parecido al de aquel grupo pero con un estilo personal, reconstruir las vibrasones, copiar y aprenderme sus letras, hablar con los músicos, buscar una distribuidora… y perfilar todos los detalles al máximo. “Nada se me debe escapar”, me dije, concluyendo y llenándome de amor propio.
Mi madre cortó mis pensamientos:
─¿Quieres más ambroto? ─me preguntó.
─No, ya sabes que la carne de ambroto no me gusta mucho.
─¿Qué te pasa Dan? Te notamos raro estos días, apenas te vemos. ¿Va todo bien en la emisora?
─Sí, sí, todo bien ─contesté, y seguí comiendo sin hacer mucho caso.
─¡Ah! Tu padre ayer vio una avería en la CP, estaba agujereada. Te lo digo para que no pilles nada del exterior hasta que no venga a repararla el personal de mantenimiento.
Sonreí con la cabeza agachada mientras me secaba los labios con la servilleta. Mi madre buscó una respuesta en mi padre, mirándolo con gesto interrogativo. No me preguntaron nada más, pero sospechaban que mi mente estaba urdiendo algo. Reculé un poco deslizando la silla y me levanté.
Mientras andaba por el pasillo en dirección a mi piota escuchaba a mis padres hablar de lo extraño que me encontraban esos días. Retrocedí unos pasos y me detuve en mitad del pasillo. Por un instante pensé en aclarar la situación y contarles, pero lo dejé pendiente y reanudé el recorrido del pasillo hacia mi piota.
Entré en mi piota. Arranqué una de las hojas de mi notario óptico y me dispuse, con lápiz óptico en ristre, a ordenar ideas. Estas fueron las anotaciones que dejé:
PASAR LAS VIBRASONES A NOTACION MUSICAL
FOTOCOPIAR POR QUINTUPLICADO LAS PARTITURAS Y REGISTRARLAS EN LA S.G.A.I.
SACAR LOS ACORDES A PIANO LASER.
LLAMAR A ZOCO.
LLAMAR A IAN.
AVISAR A CAKI.
HABLAR CON MAKROS.
DESTRUIR EL VINILO DE LOS BEATLES

Iba anotando las cosas según el orden cronológico en que debía realizarlas. Mientras pensaba y escribía, escuchaba a toda leche, una y otra vez, aquellas vibrasones que me hacían sentir auténticamente humano, vivo. Esas melodías penetraban en mi ser de forma extraordinaria; hacían que vibrara de manera inexplicable, se metían adentro, muy adentro, para hacerme sentir la miseria del ser humano a la vez que inyectaban un potente y dulce optimismo. Definitivamente, jamás podré explicar bien con palabras lo que sentía mientras las escuchaba; eran sentimientos que ya me pertenecían, y que, sin la menor duda, debía trasmitir a toda la juventud para hacerle llegar toda esa sensibilidad envuelta en música, para hacerle ver que el cambio era posible, que el mundo no se había terminado ni se terminaría nunca, que cuando la Tierra fuera de nuevo habitable había que empezar de cero, llenar todo de paz y armonía con infinita esperanza.

Cuando terminaba mi jornada laboral en RIG 100, que por cierto estaba convirtiéndose en un tiempo bastante lamentable, debido a que debía mortificar a la audiencia con sonidos que ya me parecían definitivamente artificiosos y patéticos (para decir al menos), volvía a Snauzer II y, en mi piota, me ponía a recomponer las vibrasones de los Beatles. Eran diez temas increíblemente bellos. Me había aprendido las letras y tenía ya casi listos los sonidos que compondrían la base músical. En un principio pensé en cambiar en algo las letras, pero mientras las cantaba y tocaba las iba haciendo parte de mí; sentía que todo estaba tan perfectamente escrito en ellas que no debía retocarlas. Parecían compuestas en una época similar a la que ahora vivíamos; estaban medidas a la perfección justo para esta edad necrótica y apocalíptica en la que nos hallábamos.
Idolatraba a los tipos que las habían compuesto: debían haber sido todo un fenómeno en su época, unos talentos que seguro habían sacudido al mundo. En fin, ahora me tocaba a mí.

Hasta entonces todo lo llevaba en silencio, y cuanto más se acercaba el final de mi trabajo más ganas tenía de sacar a la luz pública aquellos temas.
Aquel día decidí que mi labor en solitario ya había finalizado.
Aún guardaba el vinilo bajo la cama, dentro del fonógrafo. Lo saqué de su escondite y, sentado en el edredón verde de pasteko suavizado de la cama, sujetándolo por los bordes con las palmas de las manos, lo observé con admiración, tranquilamente, reflexionando, dándole vueltas una y otra vez, también leyendo y pensando en los nombres de las vibrasones escritas en el círculo de papel azul del centro de ambas superficies… Poco después, apretando fuertemente los párpados, lo partí en dos. Tenía que hacerlo, no podía quedarme con el objeto del delito, ni aunque tan sólo fuera a escondidas y de recuerdo. En el fondo, me reconocía a mí mismo como un delincuente que atentaba contra la propiedad intelectual, y los delincuentes no deben dejar huellas, así que cuando antes lo hiciese mejor. Sentí pena. Por otro lado, estaba seguro de que aquel disco era una pieza de valor inestimable, algo digno de volver a fabricarse y, en cualquier caso, su formato tenía muchísimo más carisma que los docs que se hacían; si lo que se buscaba era innovación tecnológica y comodidad se estaba consiguiendo, pero ¿a costa de qué? También me remordía la conciencia el no querer rescatar del olvido a los verdaderos creadores; a mí no me gustaría que enterrasen mi talento y obra para ofrecerle a otro la inmerecida inmortalidad. Pero, aliviaba mi conciencia pensando que nada iba a conseguir retransmitiendo en RIG 100 aquellas vibrasones, divulgando la noticia del auténtico hallazgo; los del OEPDF me destruirían a mí y a las pruebas. En cualquier caso, justificaba mi ego: todo por un sueño.
Después de partirlo, lo metí en la cubeta desintegradora de basura.

El día siguiente al de mi descanso laboral, en el cual había terminado de pasar a notación musical las vibrasones, y cuando finalizó mi turno en RIG 100, llamé a un amigo que pertenecía al departamento de registro de la SGAI (Sociedad General de Autores Intergalácticos). Hablé con él y me mostró gran sorpresa al oírme decirle que quería registrar diez vibrasones, ya que cuando estuve en “Dan y Los Zeta” él mismo me había propuesto registrar algunas y yo no quise. Por supuesto que le dije que éstas eran muy especiales, que había mucho sentimiento en ellas, que eran diferentes a todo lo que se estaba haciendo ahora y que quería meterme de lleno en el mundo de la música. Quizá pensó que era un delirio, que estaría sin tomar la DB, o qué sé yo; pareció extrañado y no entendió bien tanto entusiasmo, pero me citó esa misma tarde para que le llevase las copias y ayudarme a agilizar el trámite.
A la tarde fui a verlo a su despacho. Le dejé las copias, firmé los documentos acreditativos, pagué la cantidad establecida y, tras tomarme una Koraka con él, me marché a casa.
Una vez en mi piota, taché de la hoja las cuatro cosas que ya había hecho y atendí a las que aún me restaban. Lo más arduo (si es que puedo usar este adjetivo, porque el placer obtenido con el trabajo era infinitamente superior al gasto de energía que me conllevó) ya estaba, así que debía finalizar con mis deberes.
Llamé a Ian, Caki y Zoco. Hablé con cada uno de ellos poco tiempo; tan sólo les dije que quería verlos
el próximo festivo y que me gustaría no pusiesen excusa, que para mí era de vital importancia que no faltasen, y que a ellos no les disgustaría en nada la idea que les iba a proponer, incluso podrían estarme eternamente agradecidos (pobre Ian, y maldita mi falta de cautela). Quedamos citados en Sako (una de las cafeterías de Vortex) dos días después, precisamente el día del quinto centenario del descubrimiento de la gran estrella Lux.
La gran estrella Lux iba a ser utilizada como energía alternativa para la próxima reinauguración del planeta Tierra, e iba a ser trasladada a la posición del ya quebrado Sol.
Después hablé con el director del estudio de grabación Makros. El tipo era un buen amigo y me debía un favor, ya que le conseguía las cuñas promocionales que se emitían en RIG 100 más económicas que a cualquier otro. Le consulté si era posible que tuviese el estudio disponible para dentro de veinte días, y que quería grabar diez temas con tres músicos más que yo llevaría. Le dije, así mismo, que me traía sin cuidado el precio, y que quería la máxima calidad, tardase lo que tardase en grabar los temas. Me dio fecha para el dos del siguiente mes y me dijo que, aunque estaban muy ocupados produciendo y grabando un doc para Los Troles, me haría un hueco.
Posiblemente, y al igual que mi otro amigo de la SGAI, cuando terminó de hablar conmigo y desconectó el videocom, pensó que estaba delirando, y que seguía siendo un lunático sin solución.

En los días previos a la cita con mis amigos músicos, recobré un cierto entusiasmo en mis programas de radio, aunque en cada melodía que sacaba a las ondas pensaba en la mierda que era todo aquello que se estaba escuchando. Pero… por poco tiempo, porque ahí estaba yo para darle el giro a la galaxia.

El día de la cita los nervios me comían. Llevaba tres copias de las diez vibrasones, una para cada uno de mis amigos. Aguardaba ansiosamente la hora del encuentro.
Cuando llegué a Sako, en Vortex, tuve que esperar a mis amigos quince infinitos minutos, pero poco a poco fueron apareciendo.
Yo estaba sentado a una mesa, en un rincón del local, tomándome una cerveza de zepa mientras esperaba. Sus cristaleras me permitían tener una preciosa vista del firmamento. Esa era la mejor mesa de todo el bar, era la preferida de casi todo el mundo y, casualmente, estaba libre cuando llegué. Todo me indicaba que iba bien encaminado; la vida me estaba sonriendo y debía seguirle la corriente para que no parase de sonreír junto a mí. Algo me decía adentro que me hallaba subido en el transbordador correcto y que no debía bajarme de él pasase lo que pasase. Estaba sintiéndome realmente vivo después de mucho tiempo de apatía. Respiré hondo y miré al negro infinito del firmamento buscando la armonía universal.

El primero en llegar fue Zoco. Zoco era un tipo peculiar; tenía un exceso bastante considerable en todo su cuerpo, la cara redonda, los ojos negros, la nariz aplastada, y una voluminosa papada que le caía y no dejaba ver su cuello. Lucía un corte de pelo circular, que se alejaba de cualquier moda establecida en la época, y una mínima perilla a medio crecer en el centro de su barbilla.
Cuando entró en el bar de Vortex, con su expresión característica de tipo duro y sus más de cien kilos de peso en el macizo de su cuerpo, muchos interrumpieron sus quehaceres para volver sus miradas y fijarlas en él. Se sentó frente a mí, pegando la silla a la cristalera y, sin siquiera saludarme, miró al exterior. Luego volvió el rostro, me miró profundamente a los ojos y llamó al servicio pulsando el botón rojo del centro de la mesa. Cuando llegó el camarero se pidió un waky.
Poco después buscó mi atención, lanzándome un “¿qué pasa tío?”. Le dije que no le contaría nada hasta que no llegasen los demás. Entonces permaneció en silencio, observando a dos tipos jugar al tenis virtual.
Ian y Caki se hicieron esperar. Media hora más tarde de lo acordado aparecieron los dos juntos. Entraron en el bar sonriendo y conversando.
Ian le pegó un empujoncillo a Caki en el hombro, y compartieron una carcajada mientras aquel le señalaba a éste con la mano el lugar donde estábamos sentados.
Ian era un tipo muy extrovertido, pudiendo incluso parecer hasta demasiado estúpido y empalagoso. Tenía el pelo largo rizado y la barba de una semana sin afeitar. Pero era un tipejo curioso y, a mi entender, sumamente inteligente.
Caki, por el contrario, era tímido y babosillo. Llevaba la sonrisa siempre pegada a la cara. Aparentaba sencillez y superficialidad, pero tenía la sensibilidad musical más exquisita que jamás pudieras encontrar, y dominaba a la perfección toda la técnica musical existente hasta ese momento.

Una vez que estuvieron allí los tres, les conté de mi proyecto.
“Sí, a manera de comienzo, las vibrasones están compuestas y registradas, se puede decir que os contrato para estas mis ideas. Pero esto es sólo el flash de salida. Debemos formar un grupo compacto”, les dije. Les di las partituras, les dije que las ensayasen, las estudiasen y aplicasen a sus instrumentos, que me llamasen para cualquier duda… y convenimos en que nos veríamos en dos ocasiones; dos semanas antes de la grabación, es decir, un día cada semana.
Ian se pasó todo el tiempo observándome con el ceño fruncido y, de cuando en cuando, me mostraba una suave e irónica sonrisa que sólo él sabía poner. No se lo creía, pero seguía mis explicaciones con atención. Nunca me lo dijo, pero estoy convencido de que en ese momento, en el fondo, su arrogancia fue vencida y algo le decía que yo no hablaba por hablar.
Caki, sin embargo, se mostró muy entusiasmado y deseoso de llegar a su casa para ensayar aquellas vibrasones y sentir como sonaban.

Esa misma noche me llamó Ian. Me dijo que aquello era increíblemente bueno, que jamás había tocado algo tan genuino, que se le habían saltado las lágrimas. Y me preguntó muy intrigado que desde cuando llevaba componiendo esos temas. Me dijo que tenía anotado en rojo, en su calendario manual, los dos días en que nos reuniríamos para los ensayos. “Estoy ansioso por compartir con vosotros estos sonidos”, me dijo. Incluso me insistió varias veces para ver si podíamos adelantar el día del ensayo o ensayar algún otro día más. Lo tranquilicé un poco y le dije que ya estaba todo listo, que con dos ensayos de cinco o seis horas teníamos suficiente para tenerlo todo preparado para cuando llegase el día de la grabación, que tuviera paciencia y se los preparase bien.

El primer ensayo lo realizamos después de la hora del almuerzo, justo pasada una semana.
Había unos pequeños locales de ensayo en la misma nave de esparcimiento Vortex, los cuales estaban acondicionados para que grupos musicales jóvenes, y no tan jóvenes, pudieran ensayar su música; eran lo que todos llamaban “los salones Takos”. Yo ya estuve en alguno de ellos cuando tuve las dos anteriores agrupasones musicales y conocía cómo funcionaba el sistema. Los locales no eran muy grandes, de unos cinco metros cuadrados cada uno, pero estaban bien insonorizados y eran bastante cómodos. El alquiler tampoco costaba mucho. Yo ya había reservado un local después de haber hablado aquel día con mis amigos; el 3AR. Lo había reservado para dos tardes: la tarde del sábado 12 y la del sábado 19.
Metí en mi pequeña lanzadera espacial mi piano láser y algunos disquetes con las grabaciones que había realizado. Me dirigí a Vortex.
Las letras de las vibrasones las había dejado intactas y el sonido que traían en su versión original conseguí asemejarlo lo más posible al de los Beatles, aunque quise darle un toque más agresivo y descarado. Sabía que cuando aquello saliese a la luz pública iba a horrorizar a más de algún oído conservador, pero intuía que la gente joven lo acogería en sus corazones con gran entusiasmo. Estaba completamente convencido de que aquello iba a causar un fuerte impacto, per
o ni remotamente imaginé que las consecuencias se dimensionaran de la manera en que lo hicieron.
Los instrumentos que posiblemente utilizarían los legendarios Beatles estaban ya en completo desuso y, aunque se me pasó por la cabeza el intentar buscar los instrumentos antiguos que se utilizarían para aquella grabación original, reaccioné y me di cuenta de que tampoco había por qué llevar las cosas a tal extremo. No era necesario hacer una vuelta al pasado tan brusca y, además, tampoco conseguiría el éxito de esa forma; necesitaba meter aquel espíritu en estos tiempos. En cualquier caso, las únicas guitarras eléctricas que se podían encontrar en la galaxia estaban en manos de coleccionistas, y ellos no me las iban a dejar para grabar el doc. Así que decidí poner a mis músicos las versiones que tenía grabadas en disquete, que había sintetizado y modulado con mi piano láser, para luego adaptarlas a los instrumentos que cada uno iba a tocar.
“Zoco se ocupará de la sección rítmica con su batería electrónica. Caki le dará apoyo con el sonido grave del bajo láser, e Ian intentará llevar el resto con sus seis cuerdas sintetizadas. Yo tocaré el piano láser de correa mientras llevo la voz solista, e Ian y los demás me harán coro.” Estos proyectos los llevaba reflexionando hacía ya tiempo, desde los primeros días en que hallé los vinilos, y, lleno de ilusión, los iba pensando mientras me dirigía a Vortex para el primer ensayo.
Durante el camino tenía puesto en el reproductor de audio de mi lanzadera, a casi el máximo de volumen, el disquete con mis versiones de las vibrasones. Las iba cantando a todo pulmón. Me sentía pletórico. La música acaparaba todo mi ser.
Al llegar a Vortex, y después de estacionar mi vehículo en la galería sótano, subí a la cuarta planta en el elevador.
Para mi sorpresa, mis tres compañeros estaban esperándome en la recepción de los salones Takos. Ian me pegó un manotazo en la espalda y me dijo: “¡Vamos tío! Estamos ansiosos por empezar a tocar todo esto”.
Pedí las llaves del local a la recepcionista, que por cierto estaba para comérsela (cosa que de sobra hice no mucho tiempo después, justo después de un concierto), y recorrimos todo el pasillo de la galería hasta entrar en el 3AR.
Conectamos los instrumentos y organizamos un poco el ensayo.
Les indiqué el orden en que había considerado podíamos ensayar las vibrasones. Zoco exclamó con su tono rudo y ronco: “!Hey tío, las vibrasones no tienen nombre! ¿Por cuál empezamos entonces?”. Le contesté que aún no había decidido el nombre que les iba a poner, pero que eso era lo de menos, que ya se me ocurriría. Recordé entonces que, entre el entusiasmo y las prisas, había olvidado ponerles título a las vibrasones al registrarlas en la SGAI, ya que cuando destruí el vinilo olvidé copiar del círculo de papel central los títulos que en él aparecían; en cualquier caso, mejor era así, al menos eso quizás iba a ser lo único mío que iba a existir en ellas.
Contesté a la pregunta de Zoco y, a su vez, sugerí a los demás que empezásemos por “Love, love, love…”, aquella que primero escuché y que tan intensamente me conmovió.

Mis tres compañeros buscaron la partitura y la situaron de forma que su vista pudiera alcanzarla sin complicaciones.
“¿Estáis listos? ¡Ok, aquí vamos!”, les dije.
Zoco pegó tres toques de aviso con una de sus baquetas para darnos la entrada.
Nunca podré explicar, ni tan siquiera acariciar con palabras, lo que sentí en el momento en que los dedos de mi mano izquierda se posaron sobre mi piano láser para que entrase el primer acorde de esa vibrasón.
Un extraño fragmento de algún antiguo himno marcaba el principio de aquella vibrasón y parecía anunciar una, que podría llamar, mística liberación humana; como el desprendimiento del yugo del ser vivo o algo parecido. Luego, Ian comenzó a deslizar los dedos por las cuerdas de su guitarra. Zoco golpeaba lentamente, y al ritmo que marcaba el bajo de Caki, el borde de una membrana de su batería. Todos cantábamos a coro: “love, love, love”; mientras, mi piano láser extraía de su memoria un sonido de saxo.
A la vez que mis compañeros se acaramelaban acoplando sus voces con el amor, amor, amor, yo comenzaba a cantar la melodía. Una intensa erupción volcánica estalló adentro de mí, creo que en esa parte que llaman alma y que nunca antes convulsionó así.
Seguí cantando con más emoción y un tono más cálido. Me sentía pleno. Una lágrima recorrió mis mejillas y mis cuerdas vocales entonaron más dulcemente la frase del estribillo: “All you need is love, all you need is love, all you need is love, love, love… love is all you need”.
Ian punteó en su guitarra. Miré a mis amigos y todos tenían un gesto que rondaba los límites entre la alegría y la tristeza. Cada vez que yo decía el estribillo ellos me acompañaban con sus voces.
Acabé el final de la vibrasón tirado boca arriba en el suelo, en éxtasis, mientras, Ian me apretaba con sus manos los cachetes de la cara y decía gritando, sentado encima de mí, “¡Esto es bueno tío, esto es muy bueno. Sí señor!”
Repetimos esa vibrasón, pero decidimos pasar a la siguiente y descubrirla.
Estábamos entusiasmadísimos, para decir al menos. Aquello había sido muy fuerte. Intenté buscar en mi interior algo de tranquilidad para seguir con el ensayo, pero tuve que subirme encima de uno de los bafles y gritar a toda leche: “¡Traaanquilooos, joder! Tranquilos, que aún queda mucho”, ya que Zoco aún golpeaba su batería siguiendo el ritmo de la misma vibrasón mientras Ian y Caki continuaban tocando y cantando el estribillo”love, love, love…” Volví a gritar, pero tuve que bajarme del altavoz y quitarle las baquetas a Zoco, casi peleándome con él.
Después, permanecí un par de minutos en silencio y, cuando todos pararon de tocar y cantar, les dije: “Tíos, hay que aprovechar el tiempo lo más que podamos. Si empezamos así no vamos a acabar nunca. Me alegro de que os haya gustado, pero todavía nos quedan nueve vibrasones más por ensayar, y todo tiene que quedar listo entre hoy y el próximo sábado. Así que es mejor que mantengamos la calma”.
Parecía que los había convencido. Decidí entonces que buscasen la partitura de esa que en su primera estrofa decía: “Help, I need somebody”. Les dije que era muy importante en esta vibrasón la forma en que debían de hacerme el coro, que debían entonarlo justo cuando yo hubiera casi acabado de decir una palabra. Les dije que el principio era de golpe, que no había ningún tipo de acorde inicial o preámbulo, y que debíamos entrar todos a la vez. Quería que esta vibrasón fuera un grito desesperado de soledad, de esa soledad en la que el ser humano estaba envuelto y que lo hacía indigno.

Todo salió casi perfecto. “Son buenos músicos”, pensé. Les aplaudí cuando acabamos de tocarla, y ellos siguieron mi gesto y también aplaudieron. Les dije que, a mi entender, tan sólo hacia falta retocar un poco la instrumentación, buscar una manera desgarradora de hacer llegar la vibrasón. “¿Más?”, me dijo Ian. Sonreí y les dije que buscasen lo descarado, rebelde y salvaje que llevaban dentro, lo tocaran y expresasen libremente, pero que por lo demás ese era el camino.

A esta vibrasón le siguieron “Can’t buy my love”, “Strawberry fields forever”, “Lucy in the sky with diamonds”, “Let it be”, “Yesterday”, “I am the walrus”, “Twist and shout” y “Roll over Beethoven”.
Estos fueron los nombres que al día siguiente, y tranquilamente escuchándolas en mi piota, decidí ponerles. A las dos primeras las titulé “All you need is love” y “Help”.
Les coloqué ese nombre porque eran el mensaje que más destacaba en ellas, y el que me parecía más acertado y revolucionario para los tiempos que vivíamos.
Tenía dos dudas: una era si me había acercado en algo a los títulos originales que les habrían puesto aquellos Beatles, y otra la de si no serían demasi
ado críticas y ácidas para ser escuchadas por la gente mayor..
La iba a liar gorda, lo presentía. Pero era lo que quería hacer. El único problema era el de los tipos del OEPDF. Podían censurarme los temas, ya que, en cuanto oyeran uno, se darían cuenta de que aquello iba a convulsionar el orden de las cosas. Orden que, por otro lado, habían conseguido mantener a base de drogas, “quimioterapia pildorera” (como luego se la llamó despectivamente), y de un monismo que conformaba a todos sin preguntarse el por qué de la mierda de vida que llevábamos, pero que al fin y al cabo tenía amansada la atmósfera de la vida intergaláctica.
La semana siguiente al primer ensayo trabajé en RIG 100 despreciando interiormente cada tema musical que ponía. De vez en cuando, en alguna que otra presentación, y no muy sutilmente, lanzaba a las ondas algún comentario sarcástico en contra de lo que le ocurría a la gente joven y a todos los que componían música. Cosas como “Vamos a ver si te gusta este temita musical que podría llamarse de la misma manera que los doscientos que ahora se hacen”, o “De esta vibrasón podrían estar orgullosos los del OEPDF”. Y otras parecidas que salían de mi boca espontáneamente. Los de la SGAI me llamaron la atención y les dijeron a mis superiores que debían de sujetarme un poco más la lengua. También les sugirieron que, aunque tuviera uno de los programas más populares de la radio, ellos debían seguir comiendo, y, al igual que ellos, las casas discográficas, los distribuidores, productores… El jefe de programación me llamó la atención y me dijo que o me moderaba o perdería el empleo.
Estaba asqueado. La gente ya no creaba, no había arte. Todo estaba odiosamente manipulado y controlado. Ya era plenamente consciente y me costaba soportarlo. Me hubiera gustado pegarle un puñetazo a la hipócrita sonrisa de mi jefe y mandarlo a la mierda, pero debía mantener la calma. Debía seguir una estrategia inteligente para hacer mi revolución; y en eso estaba.

Al fin llegó el sábado del segundo ensayo. A mis amigos y a mí esa semana nos pareció eterna.
Esta vez había quedado con ellos dentro del local, ya que yo quería estar una hora antes para poner en orden mis ideas y reorganizarlo todo con tranquilidad. Pero, para mi sorpresa, cuando llegué a los salones Takos, Ian, Zoco y Caki ya estaban allí esperándome.
Todos habían repasado los temas y tenían unas tremendas ganas de que los volviéramos a tocar juntos. Al parecer, no era yo el único que estaba obsesionado.
Todo quedó listo. Ensayamos y perfilamos las vibrasones al máximo.
Todo parecía estar preparado para el día de la grabación, así que lo celebramos tomándonos algo en la cafetería de Vortex, luego nos despedimos con un fuerte apretón de manos y una inmensa ilusión en los rostros.

Cada día, en casa, y antes y después de marcharme al trabajo en RIG 100, escuchaba atentamente las vibrasones. Pensaba si debía añadirles algo o si algo les sobraba, pero me era difícil mejorarlas; estaban bien así, tal y como las habíamos grabado en los ensayos. Una y otra vez, volvía a pensar en aquellos Beatles; intenté buscar alguna foto de ellos o alguna otra información que pudiera apagar un poco mi curiosidad, pero todo fue en vano: no encontré nada más que lo que ya había extraído de mi enciclopedia musical-visual. Por la noche, y al volver del trabajo, volvía a escuchar una y otra vez las vibrasones originales que aún mantenía grabadas en mi ordenador, y las comparaba con las versiones que habíamos ensayado y grabado en Vortex.
Era difícil elegir una vibrasón preferida. Todas eran excelentes. No podía inclinarme por una o por otra. Cuando intentaba cantar una, y sin llevar ni un minuto cantándola, ya aparecía en mi memoria otra.
Pensé también en la mala suerte que había tenido al perder el resto de los vinilos. Quizás hubiera otro más del mismo grupo, o, a lo mejor, de otros más interesantes. Maldecía una y otra vez al astroncio que perforó la Caja de Partículas, y a la vez me daba cierto temor el pensar que esos discos andaban perdidos por el espacio y que cualquier otro podría encontrarlos.

El día 2 llegó. Era el día que había concertado con Mickey, el director del estudio de grabación Makros, para hacer las grabaciones de las vibrasones. Habían pasado trece largos días desde el último ensayo.
A las nueve de la mañana habíamos quedado en la Zona Industrial Delta, donde estaba Makros. Tuve que pasar a buscar a Ian a su platillo, ya que él no tenía vehículo y el horario de los transbordadores había sido recortado los fines de semana.
A las nueve menos diez estábamos todos allí. Saludé a Mickey y le presenté a mis amigos. Mickey me presentó a Rono, el ingeniero de sonido que iba a realizar las mezclas y le iba a dar forma final a lo que sería el doc de la nueva historia de la música.
Entramos en el estudio y nos situamos cómodamente por allí, colocando nuestros instrumentos en el sitio adecuado para la mejor recepción del sonido. Antes, yo ya había hablado con Rono para decirle que quería grabar los temas en directo y de una vez, que nada de trucajes, que aquello debería sonar vivo y fresco, sin ningún tipo de tejemaneje de estudio, que si luego íbamos a dar algún concierto no quería defraudar a la gente. Se extrañó mucho, pero dijo que, en cualquier caso, si después había algún tipo de deficiencia en el sonido final intentaría arreglarlo mediante procesadores. “Si es que queréis, claro”, recalcó.
Cuando todo quedó listo comenzamos a hacer pruebas de sonido, y una hora después a grabar. Rono era un gran profesional y además apreciaba la buena música. Cuando terminamos de grabar el primer tema, el “Todo lo que necesitas es amor”, se levantó de su lugar de trabajo, detrás de la pecera, y con las manos sobre la cabeza nos dijo: “Esto es demasiado chicos. ¿Qué musa os ha iluminado para componer esto?” Caki me señaló con el dedo, y Rono se vino para mí y me felicitó: “Enhorabuena tío. No sé qué más puedo decirte.”
Grabamos los temas en el mismo orden en que los habíamos ensayado en Takos, y en tan sólo esa misma mañana y la del domingo. Al estudio de grabación comenzó a llegar gente del medio, que no sé muy bien cómo se habían enterado tan rápido; quizá Mickey, el propio Rono… Parecían ensimismados mirándonos tocar, y se apretujaban tras la pecera, alrededor de la mesa de mezclas que comandaba Rono.
Cuando terminamos de perfilar los temas, y Rono nos hizo escuchar como habían quedado, unas diez o doce personas vinieron a felicitarnos. Recuerdo que incluso el Presidente de Makros me estrechó su mano.

El asunto que quedaba pendiente era el de ponerle nombre al grupo. No podía llamarle del mismo modo que el que tenían los que compusieron aquellas melodías; The Beatles estaba en las enciclopedias. Así que hablé con mis amigos y les sugerí que cada uno hiciera una lista con los nombres que se les ocurriesen. Como resultado, el más apropiado que creímos era uno que yo había propuesto:”Blueheart”. Este nombre me sugería el color del cielo atmosférico, de la vida, a la vez que llamaba a pensar en un corazón azul por el que corría sangre azul e inmortal. Los convencí y decidimos bautizarnos con este nombre.

El día 1 de Junio de ese mismo año se publicó el doc soñado: “Strawberry field forever. THE BLUEHEART”
Mickey había hablado con PASA, una de las mejores compañías discográficas del momento y, sin más, les envió la grabación y dijo que escucharan aquello. Inmediatamente después de escucharlo nos hicieron avisar para que les firmásemos un contrato por cinco años.
No me podía creer que aquello fuese tan rápido.
Dormía inquieto por las noches y mi cabeza flotaba entre sueños e ilusiones. Pensaba que podría comprarme un terreno en la Tierra y construirme una casa con una gran extensión de árboles, con perros y caballos… con que la gente joven se contagiara de la paz
y el amor que comunicaban nuestras vibrasones, y que la vida que iba a volver en un futuro próximo a nuestro planeta fuese como la de un paraíso literario… Y soñaba con ella, con encontrar de una vez el amor, con dar con la persona perfecta que iba a compartir conmigo el resto de mi vida… Y soñaba y soñaba…

El boom estalló una semana después a la firma con PASA, cuando estrenaron en todas las emisoras de radio la primera vibrasón. La compañía de discos decidió que el primer tema que debería sonar era el “All you need is love”, pero que no sabían las consecuencias que podría tener en lo referente a las quejas de la OEDPF, y que, en cualquier caso, harían todo lo posible para mantener el tema en las listas el mayor tiempo posible.
El doc comenzó a venderse como el agua. En tan sólo quince días, y sin que sonase en las emisoras otro tema del doc, ya se vendieron más de un millón de copias. La locura había comenzado.
Mi familia y yo tuvimos que cambiar la órbita estacionaria de nuestro platillo seis veces. Las fans parecían enloquecidas, y recibí dos amenazas de muerte para que abandonase de inmediato el mundo de la música. Todo se estaba precipitando demasiado. La prensa no paraba de acribillarnos a críticas y los laboratorios químicos que fabricaban la DB comenzaron a tener cuantiosas pérdidas. La gente joven empezaba a negarse a consumir la DB y comenzaron las “movidas” en las naves de esparcimiento. Movidas que consistían en proclamarse a favor del amor y en contra de los dirigentes políticos del OEPDF, y en las que los jóvenes organizaban inmensas comunas donde dialogaban sobre la paz mundial, tomaban drogas y follaban como posesos.

Me parecía mentira que la música tuviese tanto poder de seducción. Eran tan sólo sonidos que enlazados entre si conformaban una melodía, y la cual iba rellena de un mensaje verbal. Pero era una música sincera, que llegaba directamente al alma y hacía remover las neuronas de la gente joven.
Fue la chispa adecuada para el momento preciso, lo que hizo arder las mentes. Nadie como nosotros sabía descifrar el significado de aquellas vibrasones.

Abandoné mi trabajo en RIG 100, ya que, entre entrevistas y conciertos, no tenía prácticamente tiempo libre. Además de que ni tenía sentido programar música ya odiosa, ni me hubiesen permitido provocar más.

El siguiente tema que arrasó en las listas fue el “Strawberry fields forever”. La vibrasón era un grito de esperanza que pedía con gran fuerza el retorno de la humanidad hacia unos campos de fresas eternos, donde nada puede molestar y donde es posible el paraíso de la paz. Así mismo, apelaba a aquellos que nos hacían “vivir con los ojos cerrados”.

La tragedia apareció el 8 de Diciembre de ese mismo año. Ian llegaba a su hogar tras un duro día de concierto y rueda de prensa en la zona Omega de la órbita de Plutón. Concretamente en el salón de la emisora KQK que cubría esa zona. Un individuo en una lanzadera monoplaza arremetió contra él como un kamikaze cuando se disponía a estacionar su vehículo. Los dos estallaron en pedazos en el espacio.
Poco después me llamaron a casa para decirme que lo mismo me ocurriría a mí sino abandonaba el negocio; aún no sabía la noticia, pero el corazón se me vino a la garganta. En ese instante no me tragué la amena, pero. no pasaron ni diez minutos cuando Zoco me llamó con el habla temblorosa y para verificarme el suceso.

Después del entierro de Ian, Zoco y Caki me dijeron que lo estaban pasando muy mal, que querían dejarlo, que las cosas se estaban escapando de su control y que ya habíamos conseguido lo que queríamos: dinero, fama y despejar algo las mentes dormidas de la humanidad; que teníamos que abandonarlo todo y organizar la que iba a ser nuestra nueva vida en la Tierra. Agaché la cabeza y callé.

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Hoy vivo en la Tierra. Tengo un rancho con caballos y ganado. Tengo una mujer bella e inteligente a la que amo con locura. Tengo dos hijas guapísimas. Vivo en paz conmigo mismo y con los demás.
Sigo trabajando en una emisora de radio y soy productor de algunos grupos de rock que están dando que hablar. Soy feliz.

Con respecto a la música que se hace ahora, el sonido ha dado un giro de 180 grados respecto al que tenía que poner todos los días en RIG 100. Ahora la música goza de encanto, magia y fuerza, y la gente vibra en los conciertos de rock. Sí, rock., así se le vuelve a llamar al sonido que hoy acapara las mentes de la gente joven.
He conseguido que empiecen a editarse los temas musicales en aquel formato llamado disco; que, además de ser un formato extraído de un material proveniente de la propia tierra, permite unas carpetas musicales donde los artistas gráficos vuelcan su arte en todo su mágico esplendor. Todo parece volver a tener autenticidad, carisma y alma.

El planeta Tierra recobra entusiasmo y energía día a día. Todos se afanan en reconstruir la naturaleza, y unos extraños seres vivos están empezando a desarrollarse en ríos, pantanos, lagos y mares.
A mi entender, tan sólo hay tres problemas que nos pueden volver a llevar a la autodestrucción algún día: el egoísmo, la ambición y la pérdida de la memoria histórica. Pero así de imbécil y absurdo es el ser humano (si me detengo a pensar en esta historia, en cierta manera yo también caí en ello, aunque quiero creer que no de manera insana).
Espero que si, de nuevo, se acerca ese día apocalíptico, nos quede algo de sensatez y memoria, y algo de Tierra, de vida, que poder regenerar.

Imágenes de La Habana

Estas imágenes las tomé en La Habana. Uno de los viajes y lugares más inolvidables que he hecho.
La Habana es mucho más de lo que se puede contar. Quizá con mi próximo libro…