Siendo honesto, todo es perfecto en mi vida. Casa para descansar, mujer a quién amar, trabajo que me gusta hacer, dinero para gastar… No puedo quejarme. Tengo lo que siempre quise… Y un estupendo coche que conducir.
Las líneas blancas a mi izquierda corren veloces, pasando en una carrera hacia ninguna parte. Negro azulado a mi alrededor. Una noche perfecta para soñar. Rindiéndome a la música, mezclando ideas con hash y una taza de té. Todo es perfecto. Conduciendo.
No hace muchos minutos que decidí meterme en esta cápsula. Puertas cerradas. Cinturón de seguridad puesto. Llave insertada. Luces encendidas. Volante firmemente agarrado. Motor arrancado. Y despegando…
Me siento como Dios. Poderoso, lleno de pasión y fuerza. Muy elevado, desde el alma a la piel. Puedo presionar el acelerador si quiero; mis ojos guían el camino.
No quiero parar, pero sé que la gasolina se terminará. Todo es finito. Así es. En cualquier caso, no me preocupa.

De repente, no sé dónde estoy. Tampoco dónde voy. Un escalofrío me recorre el cuerpo. No me importa. La libertad puede más. Pero, no sé por qué estoy aquí. No tengo miedo. Hasta el final de las líneas.
Estoy perdido. ¿A quién le importa?