‘Lo único que queda en la vida son las obras, me dijiste. Y ahora sólo quedamos tú y yo, padre.’ El empresario miró a su hijo. Y aún aturdido, con los ojos encharcados, recordó esas palabras que le había dicho un día de esos que llaman ‘de vino y rosas’.

 

El terremoto había enterrado al resto de su familia, y convertido en escombros su imperio.

 

Un viejo empleado suyo pasó a su lado. Lo miró, y, sin pronunciar palabra, siguió su camino. Su mujer abrazándolo y sus ocho hijos caminando tras ellos.