Dejó su casa y echó a andar.

‘¿De qué huyes?’, le preguntaban.

‘Del desprecio, el rechazo y el abandono’, contestaba.

Y caminó y caminó. Recorrió ciudades, valles y montañas, deteniéndose sólo para beber y comer algo.

Aquella lánguida tarde, una mágica voz le preguntó: ¿quién te persigue?

La miró a los ojos, se estremeció y le dijo: La Soledad.

Entonces fue que se detuvo, para quedarse por siempre con ella en el País del Amor.