De pie, ella se desnudaba sin demora, aunque con mesura y natural delicadeza. Parecía que tratara cada una de las sencillas prendas que se quitaba como si hubieran sido compradas en la más exclusiva boutique, como si protegiesen un preciadísimo tesoro.

Tras colocar su ropa en la silla, lo miró.

Con la voz inesperadamente torpe, él le pidió que se colocara cómoda, en posición de escorzo. Ella recorrió en un par de leves pasos el corto espacio desde la silla al sofá. Y se recostó con la mirada perdida en algo infinito.

Él la recorrió con su experta mirada. El carboncillo en la mano. El lienzo blanco, virginal. De repente, comenzó a sudar. Jamás había sentido algo parecido en su ya larga y reconocida carrera. Ni incluso cuando por primera vez pintó a su mujer.

La observó, veloz y lento. Sus sentidos se sobrecargaron. Encajar su figura en el lienzo le resultaba imposible.

Soltó el carboncillo. Cogió otro. Lo soltó también. Entonces volvió a mirarla, esta vez intentando controlar las emociones para ver si la técnica podía dirigir el trabajo.

Miró los colores, los pinceles, la volvió a mirar a ella… Pero ella no era ella, era mucho más, demasiado.

El volcán de su alma bullía descontrolado.

Cogió un pincel y llenó la paleta de acrílico rojo.

Manchó la tela de manera feroz.

Ella le sonrió, dulce, tímida, tranquila…

Soltó la paleta, y con el pincel en su mano derecha, goteando un rojo encendido, se dirigió hacia ella…

 

 

“En la segunda mitad del siglo XiX, después de la Revolución Francesa, la pintura quiere abandonar el romanticismo y centrarse en representar los temas sociales, la realidad. Nombres como Gustave Courbet, Honoré Daumier, Jean-François Mollet se hacen célebres.” Esto es lo que, en general, nos cuentan los libros de arte.

Ahora yo me pregunto: ¿no busca el pintor, de una u otra manera, hacer real, expresar y traer a su sensibilidad lo que sus ojos perciben? A mi modesto entender, la pintura, al igual que el resto de las artes, siempre ha intentado expresar lo que la realidad le supone al pintor.

Aunque Picasso dijo “Yo pinto los objetos como los pienso, no como los veo” ¿No quería acaso el maestro malagueño traer a su realidad, a su entendimiento concreto, el objeto o la figura humana que veía, como los percibía y entendía, buscando sus líneas, sus formas, descomponiéndolos para querer plasmarlos desde diferentes ángulos?

“¿Y el arte abstracto?” “¿Qué hay de realidad en él?” Quizá, al tratar de ver la realidad e interpretar sus colores, líneas, perspectivas, formas… y buscar cómo los sentidos la perciben, y querer pues plasmarlo en el lienzo, estos pintores lo que quieren es revertir el proceso perceptivo y, en lugar de ir de abstracto a concreto, van de concreto a abstracto.

El célebre biólogo y psicólogo suizo Jean Piaget, le dijo al periodista francés Jean-Claude Bringuier. “El objeto es un límite en el sentido matemático, nos acercamos sin cesar a la objetividad, pero nunca se alcanza el objetivo mismo. El objeto que uno cree alcanzar, es siempre el objeto representado e interpretado por la inteligencia del sujeto”.

A fin de cuentas, de lo que se trata es de expresarse, de aclararse en nuestro mundo de ideas desordenadas, y ordenarlas, de una u otra manera, para así poder encontrarse a uno mismo. Para mí, esto es en esencia el arte.

 

Como espectadores, creo que debemos mirar el arte sin prejuicios. Dejar que nuestros ojos exploren, animándolos y haciéndolos conscientes de que aquello que observan supone el esfuerzo de un ser humano por entenderse y entender una parcela, un momento de su realidad; representándola en una obra que le ha llevado días, meses, y en la que ha puesto todo su afán y talento creativo. Y entonces dejar que sean nuestros sentimientos los que decidan si nos gusta o no, si nos conmueve o no. Sin más vueltas ni etiquetas.

No creo que debamos hacer caso a otra crítica que no sea la de nuestros sentimientos.

 

El 31 de octubre de 2009 fui invitado a la apertura de la exposición “Más que realismo”, que se vino a celebrar en la Colours Gallery de Edimburgo. Allí fueron a parar las obras de veinte pintores españoles y uno norteamericano, y allí quedaron expuestas y a la venta hasta el 12 de noviembre, luego fueron a Zaragoza.

A parte de recibir a compatriotas, lo cual casi siempre es agradable, todos eran artistas, pintores, con lo que entonces el regocijo me estaba garantizado. Otra cosa, importante para mi, más que nada por la magnitud de la obra en cuestión, era que tuve la oportunidad de que un texto mío apareciera en el extraordinario libro que editó la galería virtual zaragozana ‘Artelibre’  y, en su nombre, su director, José Enrique, quien me lo entregó en persona.

Ochenta y dos pintores y otros tantos escritores conformaron la obra. Para más añadido, había conseguido convencer al músico escocés Calum Carlyle para que cerrase la inauguración y nos tocase alguno de sus temas guitarra en manos.

Todo un placer.