Querido amor,

El nuevo año ya comenzó. Es enero en esta Sevilla.

Nuestro día pasó, mi cumpleaños también…

Observo el cielo y lo siento más lejos y más claro que el de Edimburgo. Profundo celeste.

A veces, una leve brisa mueve el aire, que aquí parece que flota.

El sol entra de soslayo en la plaza, iluminando la iglesia. “¿Está Dios aquí?”, me parece que pregunta.

Escucho gorriones piar, quiero suponer que alegres. Qué tontería, ¿verdad? No cantaría nunca un gorrión triste.

Me gustaría que estuvieras aquí, cerca, no voy a negarlo. Respirando conmigo esta belleza; libre.

 Las naranjas se mantienen en sus árboles, vivas. Parecen colocadas a propósito, mostrándose orgullosas entre las béticas hojas. Lucen, haciéndome creer que pretenden ignorar su pequeñez y mortalidad, aunque también sabiendo de esa su fragilidad, que sólo estarán hasta que la primavera las rinda y el azahar les pida paso, y todo huela a vida fresca. Pienso que debería ser entonces cuando el comienzo del año se celebrase en esta ciudad.

La luz las hace brillar, como si fueran bolas de una navidad que no se quiere ir. La fiesta, siempre la fiesta presente en esta tierra.

Me resulta surrealista, paradójico a la vez: todo el invierno con fruta amarga en la calle, aunque con la alegría dispuesta en el alma. Quizá mucho sea pretender, quizá sobrevivir, quizá la naturaleza de este Sur…

Es como si el tiempo quisiera hacerse eterno.

Entonces decido acercarme a ti. Te miro, encaprichado, como antes he mirado a tantas otras.  Y, entre todas las demás, tú eres la que estás más cerca. Te sonrío y me marcho de vuelta a casa. Pero ya sabes que mañana volveré para verte de nuevo. Serás mía.

 

Llevo así algunos días. Tú me observas desde arriba, con la arrogante inocencia de una niña que desconoce su vulnerabilidad, y con la ya salvaje hermosura de tu natural madurez.

Con mi torpeza sería ridículo saltar, no podría alcanzarte. Sería más sensato traer una escalera, llegar a ti y tenerte. Pero prefiero esperar. Seré paciente. Sé que caerás rendida a mis pies…

 

Es febrero, amor.

Nuestro día volvió a pasar.

Ayer llovió, y no fui a verte. Si hubiera estado allí, en aquel preciso instante, no hubieras sufrido el trauma, o al menos hubiera querido hacerlo más leve. Si hubieras querido venir a mí, niña arrogante, mujer fatal, justo cuando cada día te miraba enamorado…

En cualquier caso, hoy estás junto a mí. La ley de la gravedad cumplió con su fuerza. Nuestro destino hizo el resto.

Bajaste a tierra. Estabas empapada cuando te encontré. Tú, sola. Tus hermanas seguían arriba. Quizá compadeciéndote. ¡Qué tontas! ¿Acaso no saben que acabarán igual? Quizá peor Sin el más mínimo escrúpulo.

La muerte nos iguala a todos.

Te agarré con delicadeza y te sequé con caricias. Tu olor me impregnó las manos, el alma…

Ahora te tengo, mía. Todo me huele a ti.

 

Naranja, te sostengo en mi mano derecha, y acaricio y pregunto en nuestro silencioso idilio: ¿qué fue antes el color o tú? Y sonrío de esta nuestra locura.

¿Quién plantó estos tus árboles en las aceras? ¿Quién quiso que coqueteasen con calles y plazas? ¿Quién te quiso? ¿Quién te quiere?

¿Dónde van tus hermanas cuando caen?

 

Vuelvo a mirarte. Es curioso, el azar y yo hemos querido que seas mía, que seas precisamente tú a quien tenga entre mis manos. El amor es así: parte suerte y parte capricho, generosidad y egoísmo. Hasta que el tiempo lo separe de la rama, del árbol que le da la savia. Y lo transforme…

 

Y será marzo. Y nuestro día pasará…