Querido escritor,

 Este papel en el que yo escribo y que ahora tú lees (a no ser que lo hagas en la pantalla de tu ordenador, lo cual aunque sí cambiaría la dirección del relato no tanto su sentido final), una vez fue árbol que los hombres cortaron y procesaron con sus máquinas…

 Y aquel árbol un día fue semilla, que creció abrigada en su tierra, también de cierta manera tocada por la mano humana… Y la semilla, cobijada en esa su madre tierra, fue mojada por las nubes, el cielo, sus tiempos… Y las nubes, el cielo y sus tiempos, aunque ciertamente afectados por los movimientos de la mano humana, sus sabidurías e ignorancias, sus aciertos y errores, juegan su papel en el universo, que unos dicen que es infinito, otros que lo creó Dios… Y, por favor, no me pidas escribir de Dios y el universo, simplemente porque están demasiado lejos de este mi papel, de esta mi mano que en él se expresa, de este mi mundo… Y ya bastante difícil me resulta contarte de mi alcance en él.

 Y tú, compañero en este juego, reflexiona y escribe también lo que sientas, a tu mejor manera, en tu papel, con tus palabras…

 Y tengamos pues presente que si no fuera por la semilla, el árbol, el hombre y el cielo, no podríamos seguir escribiendo… Y Dios y el universo… quizá ellos tampoco tendrían palabras para hacerlo.