(Un acercamiento científico y humanístico al poder curativo de la escritura)

 

Cerebro, mente, comportamiento y el poder de la palabra escrita.

El cerebro humano, con sus miles de millones de conexiones neuronales-1011 más o menos-, resulta ser el más extraordinariamente complejo que ha venido a traer la evolución. Así, nuestra mente (emocional, sentimental y creadora) nos aporta una riqueza y capacidades únicas. Según los científicos, no hay un cerebro humano igual a otro, ni por tanto una mente igual a otra. Claro queda pues que son el cerebro y la mente, con sus respectivas e interrelacionadas funciones físicas y psíquicas, los que nos hacen ser lo que somos. Esto no significa que cerebro y mente sean entidades inamovibles, ni mucho menos, su capacidad de adaptación y cambio, su plasticidad (‘neuroplasticidad’, característica introducida por primera vez por el psicólogo y filósofo William James, 1842-1910), también es un hecho ya demostrado.

Nuestro cuerpo es el medio que, en contacto con el entorno, recibe y envía la información a nuestro cerebro. Y es éste quien, mediante complejas acciones y reacciones neuronales, crea la información que nuestra mente procesa y elabora de manera personal y exclusiva. Aunque quizás esto puede resultar más que obvio, considero que debo explicarme mejor para ser bien entendido y llegar a conclusiones acertadas. A través de nuestro cuerpo vemos, oímos, gustamos, olemos y tocamos (ojos, oídos, nariz, boca y cuerpo). Nuestro cerebro recibe esa información. Y es entonces que nuestra mente la procesa de manera determinada, influida por la educación, la experiencia personal, la cultura, etc., para, posteriormente, llevarnos a actuar y comportarnos en nuestro entorno de cierta forma. Antonio Damasio, Profesor de Neurociencia y director del Brain and Creativity Institute de la University of Southern California, explica de manera magistral esta relación cuerpo-mente-comportamiento en su libro Y el cerebro creó al hombre: “El cuerpo y el entorno que lo rodea interactúan entre sí y los cambios que esa interacción causa en el cuerpo llegan a ser cifrados en mapas en el cerebro. No hay duda de que la mente conoce el mundo exterior a través del cerebro, pero es igualmente cierto que el cerebro solo puede ser informado a través del cuerpo. La segunda consecuencia especial de ese ‘ocuparse del cuerpo’, propio del cerebro, no es menos notable: al cifrar el cuerpo en mapas de una forma integrada, el cerebro consigue crear el componente crítico de lo que se convertirá en la identidad reflexiva, del ‘sí mismo’ ”.

Según lo dicho, a mi modesto entender queda claro que somos en gran medida lo que nuestro cerebro y mente determinan que seamos. Y queda en nuestras manos y es nuestra responsabilidad usar esas sus capacidades lo mejor que podamos tanto para nuestro propio bien como para el común. Ya hemos mencionado que los expertos consideran que nuestro cerebro es plástico. Un cerebro sano, sin lesiones, puede transformar la forma en que trabaja y determina una mente, y viceversa. El cerebro actúa y genera una mente, pero la mente también actúa y transforma un cerebro. Cerebro, mente y cuerpo están en íntima relación y forman una manera de sentir, pensar, entender la vida y actuar en ella. ‘Tu carácter es tu destino’, leí una vez procedente de no recuerdo bien quién. Firmemente lo creo. Obviamente que nuestro físico, genética y entorno social y cultural pueden limitar y condicionar, pero nos queda nuestra voluntad e inteligencia, o lo que los psicólogos Peter Salovey, de la Universidad de Yale, y John Mayer, de la Universidad de New Hampshire vinieron a llamar ‘inteligencia emocional’, concepto que popularizó y extendió el psicólogo y periodista David Goleman, y que podríamos resumir como la capacidad de sentir, entender, controlar y modificar estados anímicos propios y ajenos.

Pero, ¿cómo podemos entonces bien encajar, ordenar y organizar toda esa información que nuestra mente elabora y dicta con el fin de vivir de manera más sana, sin ocasionar disfunciones tanto en nosotros mismos como en la interacción con los demás? ¿Cómo podemos entender mejor lo que nuestros sentidos perciben y las emociones y sentimientos que resultan de nuestra mente nos dictan para sentirnos mejor en el presente, entender los traumas del pasado y proyectarnos mejor hacia el futuro? Para mi, la repuesta queda clara: la reflexión y organización de los pensamientos e ideas a través del lenguaje y, en el caso que aquí nos trae, de la Creación Literaria.

Escribo desde que era adolescente. Primero canciones, poemas, después relatos, novelas y artículos. Con esto he pretendido y pretendo entender los traumas y problemas que me han afectado y afectan. Sin mi escritura creo que dejaría de ser el yo que soy hoy. No me sería posible bien entender de dónde vengo, organizar las ideas para buscar explicaciones a qué me pasó y qué pasa a mi alrededor, planear de manera positiva dónde quiero ir… Y me convertiría en un loco enfermo, desesperado por encontrar alguna manera de contar, contarme y sanar.

“La mente y el comportamiento son el resultado en cada momento del funcionamiento de galaxias de núcleos y paquetes corticales articulados por proyecciones neuronales convergentes y divergentes. Si estas galaxias neuronales están bien organizadas y funcionan de manera armoniosa, su dueño hace poesía. Si no, el resultado es la demencia.” Antonio Damasio. (2010) Y el cerebro creó al hombre. Ediciones Destino.

Introducidos ya el papel que cerebro y mente juegan en nuestro carácter y comportamiento, creo conveniente que pasemos, también muy brevemente, a observar: primero la fuerza e influencia que el lenguaje tiene en nuestros procesos mentales, después la que la palabra escrita aporta en la regulación de las emociones y sentimientos y, por último, concluir y ver cómo la escritura creativa puede mejorar nuestra salud, tanto física como psíquica.

Fue el científico Roger Wolcott Sperry, premio Nobel de Medicina de 1981, quien descubrió las diferentes funciones de los hemisferios cerebrales e indicó la importancia que el lenguaje y la creatividad tienen y pueden conllevar para la integración de dichas funciones. Por sus investigaciones dedujo que el hemisferio izquierdo está especializado en las funciones verbal y analítica, mientras que el derecho en las no-verbal y de percepción global. El hemisferio izquierdo es analítico y racional, mientras que el derecho es intuitivo e imaginativo. El lenguaje, entendiendo éste como conjunto de reglas que organizan un pensamiento razonado, es una función del hemisferio izquierdo, mientras que la imaginación y creatividad quedan en el derecho. “El asunto principal que de esto surge es que parece haber dos modos de pensamiento, verbal y no verbal, observados de manera bastante diferenciada en los hemisferios izquierdo y derecho respectivamente, y que tanto nuestro sistema educacional como la ciencia en general tienden a despreciar la forma no verbal del intelecto”. Traducido del documento: Roger W. Sperry. (1973) Lateral Specialization of Cerebral Function in the Surgically Separated Hemispheres. The psychophysiology of thinking. Studies of covert processes. Department of Psychology Hollins College. Roanoke, Virginia. 208-229

Veinticuatro años más tarde, en el no muy lejano 2007, Mathew D. Lieberman, profesor del departamento de psicología de la Universidad de California, Los Ángeles, UCLA, condujo un estudio en el que demostró con imágenes del cerebro, realizadas mediante resonancia magnética, que ‘etiquetar’ con palabras las emociones negativas reduce la actividad del sistema límbico en general y la amígdala en particular (encargados del sistema emocional). Lo cual vendría a suponer la regulación mediante el uso del lenguaje escrito del impacto que las experiencias negativas ejercen en el estado emocional, y la consecuente mejora de la salud mental y física.

El estudio de Lieberman y su equipo consistió básicamente en mostrar a los sujetos fotografías de rostros que expresaban fuertes emociones. Algunas de ellas tenían escrito abajo el nombre de dos emociones negativas, para que el sujeto eligiese la que le sugería la expresión de la imagen (como por ejemplo ‘scared’, asustado, ‘surprised’, sorprendido, o ‘angry’, enfadado), y otras sólo la imagen, para que la observase sin decir nada. Mientras tanto, se registraba mediante resonancia magnética la actividad cerebral. Observaron que el etiquetado de emociones negativas, si bien aumenta la actividad del Right Ventrolateral Prefrontal Cortex (RVLPFC) y el Medial Prefrontal Cortex (MPFC), éstos comunican de determinada manera y hacen que disminuya la respuesta del sistema límbico en general y la amígdala en particular. “Estos descubrimientos comienzan a traer luz a cómo poner los sentimientos negativos en palabras puede ayudar a regular el impacto de las experiencias negativas, proceso que definitivamente puede contribuir a una mejora de la salud mental y física-” Traducido de: Lieberman, M. D., Eisenberger, N. I., Crockett, M. J., Tom, S. M., Pfeifer, J. H., & Way, B. M. (2007). Putting feelings into words: Affect labelling disrupts amygdala activity to affective stimuli. Psychological Science, 18, 421-428

Resulta pues evidente que siendo el lenguaje, la palabra escrita, la herramienta básica a utilizar en la Escritura Creativa, la discriminación del hemisferio derecho respecto del izquierdo que Sperry señaló no sólo no se da si no que lo que por el contrario se produce es tanto una integración en la actividad de ambos hemisferios como una regulación del sistema límbico y consecuente equilibrio emocional, como Lieberman indicó.

Escribir sana: cómo, qué, cuándo… y otras cuestiones.

A finales del siglo XIX, Josef Brauer, amigo y colaborador de Sigmund Freud, descubrió el potencial de curación que tenía el hacer hablar de manera desinhibida a los pacientes. Tratando a Anna O., quien padecía de histeria (llamado hoy en día trastorno de conversión, según el DSM V), parálisis, pérdida de visión y habla, se dio cuenta que los trastornos disminuían, e incluso desaparecían, a medida que conseguía que hablase de ellos. Brauer bautizó esta técnica con el nombre de talking cure, curar hablando. Posteriormente, Freud adoptó el método de su colega para desarrollar sus teorías y las técnicas del psicoanálisis (Brauer & Freud, 1895-1966).

Pero desde el talking cure hasta hoy ha pasado más de un siglo, y siendo la escritura un hecho de conocida importancia desde tiempos remotos, no hace mucho que empezó a hablarse de writing cure, expressive writing, written emotional expression o therapeutic writing, entre otros términos.

Fue en 1983 que James W. Pennebaker condujo un estudio sin precedentes en el que vino a demostrar que escribir de hechos traumáticos, relacionando estos con las emociones negativas que conllevaron, trae consigo mejoras tanto en el estado físico como en el psicológico (Pennebaker and Beall 1986). El paradigma establecido por Pennebaker, en el que los estudiantes universitarios que  escribieron relacionando los  hechos traumáticos ocultos con las consecuentes emociones inhibidas demostraron una mejora de su estado físico y psicológico, causó revuelo en la comunidad científica y sentó precedente para las posteriores investigaciones que hasta hoy se vienen realizando en el estudio y desarrollo de la creación literaria con fines terapéuticos. “La teoría original que motivó los primeros estudios en escritura expresiva estuvo basada en la asunción de que no hablar sobre importantes hechos psicológicos es una forma de inhibición. Teniendo en cuenta los estudios hechos sobre animales y psicofisiología, nosotros propusimos que una inhibición activa es una forma de trabajo fisiológico. Este trabajo inhibitorio, que se refleja en la actividad del sistema nervioso autónomo  y central, podría ser visto como un estresante a bajo nivel y larga duración (Selye, 1976). Dicho estrés, por tanto, podría causar o exacerbar procesos psicosomáticos, y por lo tanto incrementar el riesgo de enfermedad y otros daños relacionados con el estrés.” Traducido de: James W. Pennebaker (1997) Writing about emotional experiences as a therapeutic process, Psychological Science, American Psicological Society. Vol 8, No 3. p164.

¿Cómo hacer para que la escritura sea terapéutica? ¿Qué ejercicios y técnicas son las más adecuadas? ¿En qué patologías físicas y psicológicas resulta más beneficiosa y en cuales no? ¿Qué es lo que aporta frente a las tradicionales formas de psicoterapia? ¿Qué actividades cognitivas y neuropsicológicas promueve?

Algunas de estas preguntas van encontrando respuestas, pero otras siguen abiertas en un campo de estudio todavía joven. Aún no han pasado treinta años desde aquel primer experimento realizado por Pennebaker y Beall.

El libro Writing Cure (2002) recopiló y examinó los efectos que conllevaron para la salud las distintas técnicas de escritura terapéutica aplicadas y demostradas de manera científica hasta ese momento.  Stephen J. Lepore y Joshua M. Smyth, en la introducción del libro revisan brevemente estos estudios, y atribuyen el enorme interés que ha despertado la escritura como terapia a tres factores fundamentales:

-Primero a las investigaciones y descubrimientos hechos por Pennebaker, que hasta hoy siguen demostrando que su propuesta de expresive writing “confiere una amplia variedad de beneficios, incluyendo la mejora de las funciones del pulmón en pacientes con asma y la reducción de los síntomas de aquellos afectados con artritis reumatoide (Smyth, Stone, Hurewitz & Kaell, 1999), la mejoría en la salud emocional y física en general (Greenberg and Stone, 1992;  Lepore, 1997; Pennebaker, Colder y Sharp, 1990), y en las relaciones sociales y funciones de rol (Lepore and Greenberg, in press; Spera, Buhrfeind,  & Pennebaker, 1994).

-“Segundo, puede proveer el tipo de tratamiento a bajo coste que muchos directivos, clínicos y trabajadores del ramo de la salud están hoy buscando (Friedman, Sobel, Myers, Caudill, & Benson, 1995).”

-Y tercero, ofrece la posibilidad de que ciertos individuos que tengan dificultades frente al terapeuta para hablar de sus problemas y cuestiones privadas, debido a “represiones sociales, problemas de movilidad, falta de acceso a los servicios adecuados o inhibiciones personales (Lepore, Silver, Wortman, & Wayment, 1996; Pennebaker & Harber, 1993) puedan hacerlo a través de propuestas de escritura expresiva. Traido de: Stephen J. Lepore and Joshua M. Smyth (2002) Writing Cure. How Expressive Writing Promotes Health and Emotional Well-Being. Washington: American Psychological Association.

Personalmente, en mi taller de escritura terapéutica, al aplicar el paradigma de Pennebaker, y buscar respuestas de los asistentes a cómo se han sentido tras escribir durante quince minutos y enfrentarse a los hechos traumáticos que les han marcado la vida, algunos de ellos me mostraron su “enfadado” por haberles hecho recordar sus más íntimos traumas, y explorar en las consecuentes emociones que ellos habían apartado y creían tener olvidadas. Ante esto, mi respuesta inmediata fue el hacerles saber primero que yo no soy el culpable de esas sus emociones negativas, y segundo que vivir en la negación de experiencias traumáticas no sólo no los ayuda si no que los podría llevar, entre otras cosas, a caer en el mismo o parecido error y consecuente dolor emocional.

A este proceso mental de querer evitar el recordar y hablar de problemas y experiencias traumáticas del pasado la psicología lo llama “evitación experiencial”, proceso que, además del consiguiente trabajo inhibitorio y deterioro de la salud, lleva aparejado consigo diferentes actitudes y comportamientos que podrían variar desde el consumo de alcohol y drogas, como medida inmediata para  reducir la ansiedad y el dolor emocional, hasta el suicidio.

Si bien ha quedado de sobra demostrado que el paradigma de Pennebaker trae beneficios para la salud mental y física (“Estos estudios están demostrando repetidamente que escribir sobre sucesos emocionales puede influir en la vida de la gente” (Pennebaker 2002, p285), a mi modesto entender no todos estamos dispuestos para, desde un primer momento, enfrentarnos a ese su paradigma. Sin embargo, hay otros ejercicios prácticos que he propuesto de antemano, a forma de preparación, que han despertado la confianza, el beneplácito y positivo entusiasmo de los asistentes para posteriormente enfrentarse  con mayor disposición a explorar por escrito sus traumas y emociones.

En la primera sesión les solicito que escriban en sus cuadernos y contesten lo más honestamente posible a las siguientes tres preguntas: “Quién soy? Qué necesito para vivir? Qué quiero ser?” Les indico también que las respuestas son para ellos, que no tienen por qué compartirlas con nadie y que ahí quedan para que en casa, reflexionando con calma y escribiendo y reescribiendo tanto cuánto consideren, las vayan resolviendo y aclarando. Generalmente, estas tres básicas e iniciales preguntas han servido de por sí mismas para que comiencen a descubrirse y disparen de manera indirecta sus traumas y carencias personales. “También hemos descubierto que una de las mejores cosas de la escritura es que te pertenece sólo a ti”, me dijeron en una puesta en común.

En la clase siguiente les pregunto sobre esas tres cuestiones, sobre cómo se sintieron frente a sus escritos y reflexiones, y si los habían releído y rescrito durante la semana. Entonces les propongo otro ejercicio. Les pido que pasen esas preguntas a la tercera persona, y contesten por escrito bajo la perspectiva de esa tercera persona, que se pregunten las mismas cuestiones, como si se mirasen a ellos desde fuera: él/ella es… Él/ ella necesita…  Él/ella quiere ser… “Al escribir de nuestros problemas y experiencias traumáticas en tercera persona hemos encontrado que podemos expresarnos con gran libertad, a la vez que nos permite distanciarnos de nuestro punto de vista egocéntrico. Después de este ejercicio, uno puede sentirse mejor, como si ese ya no fuera su problema, como si fuese el problema de ‘esa’ otra persona.”

Fue entonces a la tercera semana que utilizo el ejercicio/paradigma propuesto por Pennebaker. Lo cual presumo funciona mejor que si lo hubiera propuesto desde el primer momento, ya que en ese punto los asistentes están más entrenados en el proceso de la escritura reflexiva. Aún así, y como ya he dicho, esto no ha evitado el descontento de algunos.

Una vez que se han enfrentado a ellos mismos y confrontado traumas con emociones, en la cuarta semana paso a proponerles un ejercicio de pensamiento positivo, que generalmente trae la sonrisa y el goce a las caras. Les pido que vuelvan a releer el trauma y las emociones que escribieron, y que anoten y hagan dos columnas con las palabras que usaron: una con las negativas y otra con las positivas. A continuación les pido que se detengan y reflexionen un momento frente a las dos columnas de palabras, unos cinco minutos. Y a continuación se pongan a escribir de nuevo el hecho traumático, pero esta vez usando tan sólo la columna con las palabras positivas. “Con este ejercicio pudimos ver y sacar la parte positiva de nuestra historia al rescribirla con las palabras positivas y evitando las negativas (…) Lo que  queremos decir es que creando una historia positiva imaginaria le das un giro total al sujeto de la historia, cómico si cabe, y automáticamente sonríes y te sientes mejor después de leerla.”

Yo mismo he llamado a esta técnica como post catarsis reflexivo positiva (Manu Rodríguez 2011).

Referencias

Antonio Damasio. (2010) Y el cerebro creó al hombre. Ediciones Destino.

Roger W. Sperry. (1973) Lateral Specialization of Cerebral Function in the Surgically Separated Hemispheres. The psychophysiology of thinking. Studies of covert processes. Department of Psychology Hollins College. Roanoke, Virginia. 208-229.

Lieberman, M. D., Eisenberger, N. I., Crockett, M. J., Tom, S. M., Pfeifer, J. H., & Way, B. M. (2007). Putting feelings into words: Affect labelling disrupts amygdala activity to affective stimuli. Psychological Science, 18, 421-428.

Pennebaker and Beall 1986. Confronting a Traumatic Event: Toward an Understanding of Inhibition and Disease. Journal of Abnormal Psychology, Vol. 95, No 3, 274-281.

James W. Pennebaker (1997) Writing about emotional experiences as a therapeutic process, Psychological Science, American Psicological Society. Vol 8, No 3. p164.

Stephen J. Lepore and Joshua M. Smyth (2002) Writing Cure. How Expressive Writing Promotes Health and Emotional Well-Being. Washington: American Psychological Association.