
Agosto 1967. Mi madre maestra, profesora o educadora, como se quiera llamar. Hija de cántabra (de Torrelavega para más señas) y de sevillano (de La Rinconada). Mi padre policía, mejor dicho Inspector del Cuerpo Superior de Policía, hijo de sevillanos; su madre de Cazalla de la Sierra y su padre también de La Rinconada. Mis abuelos eran hermanos entre sí.
Agosto 1967. Nací un 3 de Enero de 1967 en Sevilla. Aunque uno no suele ser capaz de traer a la memoria con imágenes claras el día en que nace, mi madre seguro que bien puede hacerlo. Primero en el Registro Civil, luego en el D.N.I., y después en tantos y tantos otros documentos: una cifra, números que vienen marcados bien como bendición, bien como condena, para decir algo así como “existes”. Y desde entonces empecé a SER.
Agosto 67. Mi madre me trajo al mundo en el Parque de María Luisa, justamente en el llamado “Pabellón de México”, lugar que casi 40 años atrás de mi nacimiento había albergado muestras culturales de aquella ciudad que vive entre Norte y Sur de América, más allá de esta otra orilla del Atlántico, que fue construido para la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929 y que pasó a ser utilizado como Hospital de Maternidad.
Agosto 1967. Ana María empezó a ser madre con 22 años, demasiado joven, con todo lo bueno y malo que ello conlleva. Y cuando escribo demasiado lo hago desde mi experiencia y, en general, desde la de esta mi generación. Ella “la madre más guapa der mundo”, y esto también lo digo desde mi personal visión. Yo un bebe protestón y difícil. Ya se me veía venir…
3.1.1969. Obdulia y Adolfo (papás maternos), papá Manuel y mamá Ana María. Y yo soplando las velas de mi segundo cumpleaños. Aún era hijo único: mimado, consentido… La foto habla por sí misma.
Enero 1969. Mi padre siempre puso los ojos en mí.
Manu baby.
DE PEQUEÑO
Como tantos, dos seres fueron quienes quisieron meterme en esta historia. Y, como a tantos, nadie preguntó si quise venir; así es siempre. También, como tantos, nací llorando y desperté a la vida por el azote humano. Y afuera una mujer, la misma que me tuvo dentro: el calor de una madre, una sonrisa llena de amor infinito. Y un padre que proyectaba su yo en mi.
Con arroros y mimos intentaron calmar mi llanto desesperado. Quizá quise volver adentro, en el limbo de las entrañas maternas estaba mejor. Pero tenía que estar afuera, afrontar la vida… Como tantos. Y seguí llorando hasta que el generoso pecho me amamantó. De la mujer vino mi primer alimento, mi hogar. Y a la mujer siempre quiero volver. Porque, como tantos, la mujer pertenece a mi esencia.
Sin embargo, todo principio tiene su original, y la diferencia corría por dentro. De pequeño nací con una insólita enfermedad, diagnosticada de mil maneras improvisadas en la ignorancia médica. Y mientras esquivo al dolor y la muerte, mi sangre corre con el estigma de genes que se unieron en un entorno familiar.
Un niño enfermo y delicado. Un chico frágil en la escuela. A veces discriminado, otras amado y protegido. Débil afuera. Haciéndome fuerte dentro. Alma rebelde que no da tregua a la rendición. Rebelde con causa.
De pequeño la inocencia aceptaba el sufrimiento sin preguntar. De pequeño uno siempre es pequeño, e inmenso a la vez.
Mis recuerdos no son de un patio dónde crece un limonero, como los de aquel poeta. Mis recuerdos son de un barrio de Sevilla, de un jardín de infancia, de un colegio de sacramentos y rezos donde la verdad me era dada como dogma, dónde mi mundo se reforzaba en soledad para poco a poco ir creyendo a su manera. Mis recuerdos son de una guitarra con la que entonaba canciones de otros, un piano que no aprendí a tocar, y sueños de música que me persiguieron por siempre. Y veranos en playas de Huelva, entre arena, mar y sol. Y salas de hospital entre olor a antiséptico, enfermeras, médicos y paredes blancas. Y sufrimiento contenido porque sí, porque la esperanza es grande y siempre lo llena todo. Y fines de semana en aquel pueblo de olivos y campo, volando por sus calles con la bicicleta de la inocencia. Y amigos que ya no están, y un amor que nunca fue… Y tantas cosas que se esfumaron en el aire del pasado.
De pequeño aprendía a entender y ser lo que estoy siendo hoy. Y mañana seré lo que hoy entienda y sea.
Plaza de toros de la Maestranza –abril 70 -. La fiesta nacional, como la quieren llamar. No me gusta que torturen a un animal, es deplorable, pero me es difícil ponerme en contra de las corridas de toros. Cuando voy a la Maestranza y siento el espectáculo taurino, el colorido, la energía del tendido… un batiburrillo de sentimientos se apodera de mí, peleándose en mi conciencia, y quiero participar del sentir de la fiesta. La explicación que encuentro es que desde pequeño fui espectador y cómplice.
Verano 72. En verano solíamos ir de vacaciones a la playa. Estuvimos algunos años yendo a Mazagón, pero mi abuela –por parte de padre- compró un apartamento en La Antilla y allí que íbamos. Esta foto es de Mazagón (Huelva), yo tenía 4 años y aún era hijo único. Un hermano había fallecido de un derrame cerebral con apenas dos meses cumplidos, dos años atrás. Mis padres estaban asustados, desconcertados (¡qué sé yo!), hay veces en que las palabras difícilmente pueden acercarse a los sentimientos, y más si estos pertenecen a otros, por mucho que éstos te cuenten y tú quieras suponer. Pero pronto la vida llenó la familia… y fuimos “familia numerosa”.
Verano 72. Antes no había ordenadores, ni playstations, ni gameboys… así que aquí estoy vestido de cowboy. La foto es también de Mazagón. Ese día me vestí así para una fiesta de disfraces.
Familia numerosa 1977. Diez años después de que me trajesen a mí a la vida, ya éramos 5. La familia quedó completa. Mamá, papá, Manu, Adolfo, Ana, David y Javier.
