TCL – La Terapia de Creación Literaria

Escribir puede ser una avenida hacia un lugar interior donde podemos confrontar traumas y ponerlos a descansar, y sanar cuerpo y mente. James W. Pennebaker, Profesor de Psicología y Jefe del Departamento de Psicología de la Universidad de Texas.

Recientes investigaciones y rigurosos estudios clínicos, llevados a cabo sobre todo en Norteamérica y el Reino Unido y aplicados a pacientes que sufren de hipertensión, artritis, cáncer y Alzehimer, entre otras patologías, nos han venido a demostrar que a través de una escritura reflexiva, relacionando los sucesos traumáticos con los sentimientos que produjeron y producen, se promueve una mejora de la actividad cerebral en general y regulación en la actividad del sistema límbico en particular.

Mediante la escritura, ordenando el caos que nos ha producido tal o cual suceso traumático, lo sacamos afuera, lo entendemos y nos sobreponemos a él. Así, disminuimos el estrés y reforzamos nuestro sistema inmune, a la vez que logramos un equilibrio emocional, lo cual incidirá en la mejora de nuestras actitudes y relación con el entorno, y, en definitiva, nuestra salud y calidad de vida.

A través de un compromiso personal con lo que vengo a llamar “TCL© – Terapia de Creación Literaria ” tendremos la posibilidad de sanar y transformar nuestra vida.

En el presente manual daremos las bases teóricas y prácticas de una terapia para sanar mediante la Creación Literaria.

TCL  es un acrónimo protegido por copyright y acuñado por Manu Rodríguez, autor del libro Manual de Escritura Curativa. Escribir para sanar. 

Manual de Escritura Curativa. Escribir para sanar. COMPRAR

 

Manual de ESCRITURA CURATIVA. Escribir para sanar. Editorial Almuzara. 2011

ISBN: 978-84-92924-83-7   

Este breve pero intenso manual está diseñado para adultos. La noble y ambiciosa intención que me ha movido a desarrollarlo es la de acercar mis propias experiencias, estudios e investigaciones no tan sólo a aquellos que quieran superar hechos traumáticos que les afectan emocional y físicamente, sino también a cualquiera que  desee mejorar su estado psíquico y físico, su salud y calidad de vida, a través de la escritura creativa. Y, desde luego, también está dirigido y resultará de gran utilidad a escritores y artistas, quienes espero encuentren en él una fuente de inspiración.

Debido a las enormes posibilidades que ofrece Internet (correo electrónico, blogs y foros, entre otras) su desarrollo puede ser aplicado a este medio, y queda a la elección e imaginación del lector el hacerlo de una u otra manera.

 ————ooo————

  Muchas han sido ya las personas y medios de comunicación  que, quizá algo escépticos, me han preguntado: “pero, ¿de verdad que cura escribir?”. “Claro que sí”, les digo. “Aunque, es una ‘medicina’ cuya ‘administración’ hay que conocer”, les aclaro.

A ti en especial, querido lector de esta página, para empezar se me ocurre responderte con una pregunta: ¿Por qué crees que el hombre ha creado la escritura? Detente un momento a reflexionar y encontrar una respuesta antes de seguir leyéndome.

De entrada, la respuesta más breve que se me ocurre darte es la de que “las palabras se las lleva el viento”, como reza el dicho popular, añadiéndote un “si no están escritas”. En un principio se trató pues de crear una memoria externa para los registros contables de las transacciones comerciales, posteriormente de regular de manera indeleble la conducta de los hombres y sus relaciones de poder, ya fueran de orden político –código de Hammurabi (1760 a.C.)- o religioso. El mito fue dando paso a la expresión de las emociones más propiamente humanas a través del teatro y la literatura, dejando al ensayo, tal y como hoy lo conocemos, los aspectos más cognitivos. De que unos pocos elegidos plasmaran por escrito las peripecias conductuales y emocionales de personajes ficticios en los que pudiéramos reconocernos, a que cada unos de nosotros nos convirtiéramos en autores de los textos de nuestra propia vida para experimentar sin necesidad de intermediarios sus efectos reparadores, había sólo un paso. Llama la atención que tardáramos tanto en darlo. Los primeros registros escritos conservados datan de la cultura Sumeria (IV milenio a.C.), no siendo hasta 1983 que James W. Pennebaker, un prestigioso psicólogo de la Universidad de Texas, comenzase a desvelar en sus investigaciones el potencial curativo de la palabra escrita.

“Bueno, ¿y a qué te refieres concretamente con la “medicina” de la escritura? ¿Por qué dices que la escritura puede sanar? ¿Qué es lo que sana? ¿En qué medida? ¿Cómo tengo que hacer para que me sane?… Posiblemente te preguntes ahora. No es fácil responderte y demostrarte en este breve artículo todo lo que se lleva investigando desde hace ya casi treinta años, que yo mismo he podido comprobar a través de mi trabajo, lecturas y talleres sobre la materia, y que he sistematizado en el Manual de escritura curativa. Pero si puedo ofrecerte algunas claves y fundamentos para que experimentes sus beneficios por ti mismo.

Partamos pues del concepto de medicina, y veamos después qué es y cómo funcionaría lo que los científicos anglosajones han venido en llamar writing cure, curar escribiendo, expressive writing, escritura expresiva, written emotional expression, expresión emocional escrita, o therapeutic writting, escritura terapéutica, entre otros términos para designar lo que aquí, y entre nosotros, vamos a llamar y tratar como “Escribir para sanar: la medicina de la escritura”.

Como escritor, acudo con frecuencia al Diccionario de la Real Academia Española. Éste, define “medicina” en su primera acepción como “ciencia y arte de precaver y curar las enfermedades del cuerpo humano”. Según esta concisa definición, los médicos aunarían en su práctica ciencia y arte, en una combinación capaz de prevenir y curar los males que nos aquejan físicamente; al igual que psicólogos y psiquiatras lo hacen con las patologías mentales. Bien, pues con un apropiado uso del arte y ciencia de la escritura podemos prevenir, mejorar y curar tanto enfermedades físicas como mentales. “¡Cómo es esto posible!”, quizá dirás ahora, de nuevo sorprendido. Pues no es tan descabellado como podría parecerte.

Hoy sabemos que un gran número de enfermedades físicas provienen de problemas y traumas no superados e inhibidos por el propio individuo (la inhibición supone un considerable trabajo que acaba por somatizarse), jugando nuestro estado emocional un papel fundamental en nuestro estado físico. “Mens sana in corpore sano”, que decía el poeta romano Juvenal, sin aún bien conocer los dañinos efectos que en el cuerpo produce el llamado estrés, y a cuyo conocimiento y estudio dedicó gran parte de su vida el científico canadiense Hans Selye (1907-1982). Si ahora miramos atrás en nuestra biografía personal, seguro que recordamos éste o aquel terrible problema que nos sobrevino y que azotó nuestra vida como si de un imprevisto terremoto se tratase, ocasionándonos incluso problemas de salud. ¿Recuerdas tú cómo actuaste entonces? Posiblemente lo primero que hiciste fue acudir a un familiar o ser querido a contárselo. Necesitábamos descargar nuestra angustia, compartir nuestro dolor, sacarlo afuera, y así aliviarlo. Al expresarlo con palabras nos sentimos mejor, ¿verdad? Bueno, ¿ y qué crees que hubiera ocurrido si te hubieses parado, con papel y bolígrafo en mano, a reflexionar sobre él? Quizá también recuerdas cómo te sentías de reconfortado cuando escribías tus inquietudes y problemas en tu diario, o cuando escribiste aquella carta a tu amigo o amiga, o aquel relato, poema o canción…

Ahora sabemos, y así ha quedado demostrado científicamente, que una escritura reflexiva, mediante la cual destapemos y afrontemos con honestidad y desinhibición el trauma y los problemas que nos afectan, relacionando estos con los pensamientos, emociones y sentimientos negativos/insanos que de ellos se derivan, hace que nuestra salud mejore notablemente tanto a nivel físico como psíquico.

¿Qué nos proporcionaría a nivel psíquico y físico una escritura reflexiva de este orden?

– a nivel psicológico: que reduzcamos el estrés, encontrando un sentido, una lógica, al hecho traumático que nos afecta y que en principio nos parece inabarcable, incomprensible, y seamos nosotros quienes tomemos control sobre él y no él quien nos controle a nosotros. Así le restamos poder y reducimos su manera de dañarnos y minarnos interiormente.

– a nivel fisiológico: que activemos la relación entre los dos hemisferios cerebrales, haciendo que sus funciones lingüística, verbal y lógica (hemisferio izquierdo) y creativa, no verbal y de percepción global (hemisferio derecho) se integren. A su vez, se produce una inmediata reducción de la actividad del sistema límbico en general y la amígdala en particular (órganos encargados de las emociones en nuestro cerebro) ante los pensamientos negativos/insanos que nos afectan. Y esto se traduce en una notable mejora del sistema inmune y cardiovascular, centros neurálgicos de muchas enfermedades tales como la hipertensión, el asma, la artritis, patologías del aparato digestivo… e incluso el cáncer.

Y ahora respondamos algo más detenidamente y de forma práctica a la pregunta de cómo tendríamos que hacer más concretamente para que la escritura reflexiva nos sanase.

Para sanar escribiendo tendríamos que tocar las fibras más sensibles. Primero partiendo de una catarsis, en la que, sin acaso atender a reglas ortográficas y gramaticales, volquemos con palabras las emociones que el trauma en cuestión nos ha producido y aún produce, buscando relacionar éste con aquellas. Posteriormente, en lo que yo vengo a llamar “post-catarsis reflexivo-positiva”, releeremos nuestro texto, reflexionaremos sobre él y trataremos de ordenar las ideas, reescribiéndolo siempre con un espíritu positivo/sano, comprometidos honestamente con la tarea, sin autoengaños, con coherencia y el mayor detalle posible.

Teniendo esto en cuenta, debemos reflexionar sobre:

• Qué pasó, en qué momento, dónde y cómo.

• Quienes estuvieron envueltos y cómo pienso que fueron afectados por el hecho traumático en cuestión.

• Qué pensé y qué emociones acompañaron a esos pensamientos. Qué pienso ahora y cómo me he sentido desde entonces a hoy.

• Cómo actué y me sentí al actuar así, y qué consecuencias creo que tuvo pensar, sentir y actuar de esa manera.

Pero, te repito, es fundamental eludir los pensamientos irracionales, captando los aspectos positivos de ese hecho que creemos nos ha destrozado la vida.

¿Qué pensamientos tendríamos que considerar racionales, positivos y sanos del hecho traumático? Pues lógicamente todo lo que, de forma gratuita y disfuncional, nos cebe en el dolor incrementando innecesariamente los daños psíquicos y físicos. Se trata de sanar y resolver nuestros problemas, no de incurrir en círculos viciosos con pensamientos recurrentes y autodestructivos. Te ayudará a descubrir los aspectos positivos del trauma preguntas como: quién estuvo a mi lado en ese momento, qué me ayudó a seguir adelante, qué valores personales me alientan a seguir adelante, etc.

“¡Pero todo eso supone un esfuerzo enorme, y yo lo que quiero es olvidar y no hurgar más en la herida!” Sería comprensible que me dijeras algo así de encontrarte inmerso en la tarea de escapar del trauma. Pero vuelvo a recordarte que, a nivel psicológico, el trabajo que te supone inhibir el trauma mina tu salud física y va a aniquilarte tarde o temprano si no tomas control sobre él. Puedo asegurarte que el beneficio obtenido no tendrá precio comparado con el esfuerzo invertido. Además, gastarás menos tiempo y dinero en consultas al terapeuta y visitas a la farmacia.

Los expertos consideran que un enfermo con una patología de origen psicosomático le cuesta a la sanidad nueve veces más que cualquier otro.

“¿Cuánto tiempo tengo que escribir?”, quizá quieras también saber.

Ni mucho menos que sería necesario te pasases horas y horas seguidas frente al papel o el ordenador, escribiendo y reflexionando con sangre sudor y lágrimas, como quien dice, de forma obsesiva y compulsiva, queriendo explorar y buscar respuestas al trauma. Por el contrario, con disciplina y compromiso, poco a poco, sin prisa pero sin pausa, sin derrotarnos aunque sabiendo lo doloroso que puede ser reconocernos, y buscando un lugar en el que nos sintamos a gusto, con entre quince y treinta minutos al día tendremos bastante para sanar y transformar nuestra vida.

Con esta que hemos venido a llamar medicina de la escritura, obviamente que no sólo ganamos en salud física, aunque a priori esto es lo que más nos importe, si no en autoconocimiento, autoenriquecimiento y mejora en las relaciones familiares, laborales y con nuestro entorno en general.

La escritura reflexiva nos ayudará a conocernos mejor, con nuestros problemas y traumas, nuestras virtudes y defectos, fortalezas y debilidades, capacidades y discapacidades, en las particulares circunstancias y entorno en el que vivimos. Nos aportará serenidad, haciéndonos emocionalmente más inteligentes y competentes para discriminar entre lo positivo/sano y negativo/insano. Nos hará crecer, para situarnos de manera más sabia y adaptativa en nuestro particular hábitat, anclándonos sólidamente en un presente que no reniega del pasado y mira con optimismo al futuro.

Escribir puede sanar. Y este poder queda en nuestras manos.

Manu Rodríguez

Mayo de 2011

info@manurodriguez.com

www..manurodriguez.com

 

LA CREACIÓN LITERARIA CON PROPÓSITOS TERAPÉUTICOS

(Un acercamiento científico y humanístico al poder curativo de la escritura)

 

Cerebro, mente, comportamiento y el poder de la palabra escrita.

  El cerebro humano, con sus miles de millones de conexiones neuronales-1011 más o menos-, resulta ser el más extraordinariamente complejo que ha venido a traer la evolución. Así, nuestra mente (emocional, sentimental y creadora) nos aporta una riqueza y capacidades únicas. Según los científicos, no hay un cerebro humano igual a otro, ni por tanto una mente igual a otra. Claro queda pues que son el cerebro y la mente, con sus respectivas e interrelacionadas funciones físicas y psíquicas, los que nos hacen ser lo que somos. Esto no significa que cerebro y mente sean entidades inamovibles, ni mucho menos, su capacidad de adaptación y cambio, su plasticidad (‘neuroplasticidad’, característica introducida por primera vez por el psicólogo y filósofo William James, 1842-1910), también es un hecho ya demostrado.

Nuestro cuerpo es el medio que, en contacto con el entorno, recibe y envía la información a nuestro cerebro. Y es éste quien, mediante complejas acciones y reacciones neuronales, crea la información que nuestra mente procesa y elabora de manera personal y exclusiva. Aunque quizás esto puede resultar más que obvio, considero que debo explicarme mejor para ser bien entendido y llegar a conclusiones acertadas. A través de nuestro cuerpo vemos, oímos, gustamos, olemos y tocamos (ojos, oídos, nariz, boca y cuerpo). Nuestro cerebro recibe esa información. Y es entonces que nuestra mente la procesa de manera determinada, influida por la educación, la experiencia personal, la cultura, etc., para, posteriormente, llevarnos a actuar y comportarnos en nuestro entorno de cierta forma. Antonio Damasio, Profesor de Neurociencia y director del Brain and Creativity Institute de la University of Southern California, explica de manera magistral esta relación cuerpo-mente-comportamiento en su libro Y el cerebro creó al hombre: “El cuerpo y el entorno que lo rodea interactúan entre sí y los cambios que esa interacción causa en el cuerpo llegan a ser cifrados en mapas en el cerebro. No hay duda de que la mente conoce el mundo exterior a través del cerebro, pero es igualmente cierto que el cerebro solo puede ser informado a través del cuerpo. La segunda consecuencia especial de ese ‘ocuparse del cuerpo’, propio del cerebro, no es menos notable: al cifrar el cuerpo en mapas de una forma integrada, el cerebro consigue crear el componente crítico de lo que se convertirá en la identidad reflexiva, del ‘sí mismo’ ”.

Según lo dicho, a mi modesto entender queda claro que somos en gran medida lo que nuestro cerebro y mente determinan que seamos. Y queda en nuestras manos y es nuestra responsabilidad usar esas sus capacidades lo mejor que podamos tanto para nuestro propio bien como para el común. Ya hemos mencionado que los expertos consideran que nuestro cerebro es plástico. Un cerebro sano, sin lesiones, puede transformar la forma en que trabaja y determina una mente, y viceversa. El cerebro actúa y genera una mente, pero la mente también actúa y transforma un cerebro. Cerebro, mente y cuerpo están en íntima relación y forman una manera de sentir, pensar, entender la vida y actuar en ella. ‘Tu carácter es tu destino’, leí una vez procedente de no recuerdo bien quién. Firmemente lo creo. Obviamente que nuestro físico, genética y entorno social y cultural pueden limitar y condicionar, pero nos queda nuestra voluntad e inteligencia, o lo que los psicólogos Peter Salovey, de la Universidad de Yale, y John Mayer, de la Universidad de New Hampshire vinieron a llamar ‘inteligencia emocional’, concepto que popularizó y extendió el psicólogo y periodista David Goleman, y que podríamos resumir como la capacidad de sentir, entender, controlar y modificar estados anímicos propios y ajenos.

Pero, ¿cómo podemos entonces bien encajar, ordenar y organizar toda esa información que nuestra mente elabora y dicta con el fin de vivir de manera más sana, sin ocasionar disfunciones tanto en nosotros mismos como en la interacción con los demás? ¿Cómo podemos entender mejor lo que nuestros sentidos perciben y las emociones y sentimientos que resultan de nuestra mente nos dictan para sentirnos mejor en el presente, entender los traumas del pasado y proyectarnos mejor hacia el futuro? Para mi, la repuesta queda clara: la reflexión y organización de los pensamientos e ideas a través del lenguaje y, en el caso que aquí nos trae, de la Creación Literaria.

Escribo desde que era adolescente. Primero canciones, poemas, después relatos, novelas y artículos. Con esto he pretendido y pretendo entender los traumas y problemas que me han afectado y afectan. Sin mi escritura creo que dejaría de ser el yo que soy hoy. No me sería posible bien entender de dónde vengo, organizar las ideas para buscar explicaciones a qué me pasó y qué pasa a mi alrededor, planear de manera positiva dónde quiero ir… Y me convertiría en un loco enfermo, desesperado por encontrar alguna manera de contar, contarme y sanar.

“La mente y el comportamiento son el resultado en cada momento del funcionamiento de galaxias de núcleos y paquetes corticales articulados por proyecciones neuronales convergentes y divergentes. Si estas galaxias neuronales están bien organizadas y funcionan de manera armoniosa, su dueño hace poesía. Si no, el resultado es la demencia.” Antonio Damasio. (2010) Y el cerebro creó al hombre. Ediciones Destino.

Introducidos ya el papel que cerebro y mente juegan en nuestro carácter y comportamiento, creo conveniente que pasemos, también muy brevemente, a observar: primero la fuerza e influencia que el lenguaje tiene en nuestros procesos mentales, después la que la palabra escrita aporta en la regulación de las emociones y sentimientos y, por último, concluir y ver cómo la escritura creativa puede mejorar nuestra salud, tanto física como psíquica.

Fue el científico Roger Wolcott Sperry, premio Nobel de Medicina de 1981, quien descubrió las diferentes funciones de los hemisferios cerebrales e indicó la importancia que el lenguaje y la creatividad tienen y pueden conllevar para la integración de dichas funciones. Por sus investigaciones dedujo que el hemisferio izquierdo está especializado en las funciones verbal y analítica, mientras que el derecho en las no-verbal y de percepción global. El hemisferio izquierdo es analítico y racional, mientras que el derecho es intuitivo e imaginativo. El lenguaje, entendiendo éste como conjunto de reglas que organizan un pensamiento razonado, es una función del hemisferio izquierdo, mientras que la imaginación y creatividad quedan en el derecho. “El asunto principal que de esto surge es que parece haber dos modos de pensamiento, verbal y no verbal, observados de manera bastante diferenciada en los hemisferios izquierdo y derecho respectivamente, y que tanto nuestro sistema educacional como la ciencia en general tienden a despreciar la forma no verbal del intelecto”. Traducido del documento: Roger W. Sperry. (1973) Lateral Specialization of Cerebral Function in the Surgically Separated Hemispheres. The psychophysiology of thinking. Studies of covert processes. Department of Psychology Hollins College. Roanoke, Virginia.208-229

Veinticuatro años más tarde, en el no muy lejano 2007, Mathew D. Lieberman, profesor del departamento de psicología de la Universidad de California, Los Ángeles, UCLA, condujo un estudio en el que demostró con imágenes del cerebro, realizadas mediante resonancia magnética, que ‘etiquetar’ con palabras las emociones negativas reduce la actividad del sistema límbico en general y la amígdala en particular (encargados del sistema emocional). Lo cual vendría a suponer la regulación mediante el uso del lenguaje escrito del impacto que las experiencias negativas ejercen en el estado emocional, y la consecuente mejora de la salud mental y física.

El estudio de Lieberman y su equipo consistió básicamente en mostrar a los sujetos fotografías de rostros que expresaban fuertes emociones. Algunas de ellas tenían escrito abajo el nombre de dos emociones negativas, para que el sujeto eligiese la que le sugería la expresión de la imagen (como por ejemplo ‘scared’, asustado, ‘surprised’, sorprendido, o ‘angry’, enfadado), y otras sólo la imagen, para que la observase sin decir nada. Mientras tanto, se registraba mediante resonancia magnética la actividad cerebral. Observaron que el etiquetado de emociones negativas, si bien aumenta la actividad del Right Ventrolateral Prefrontal Cortex (RVLPFC) y el Medial Prefrontal Cortex (MPFC), éstos comunican de determinada manera y hacen que disminuya la respuesta del sistema límbico en general y la amígdala en particular. “Estos descubrimientos comienzan a traer luz a cómo poner los sentimientos negativos en palabras puede ayudar a regular el impacto de las experiencias negativas, proceso que definitivamente puede contribuir a una mejora de la salud mental y física-” Traducido de: Lieberman, M. D., Eisenberger, N. I., Crockett, M. J., Tom, S. M., Pfeifer, J. H., & Way, B. M. (2007). Putting feelings into words: Affect labelling disrupts amygdala activity to affective stimuli. Psychological Science, 18, 421-428

Resulta pues evidente que siendo el lenguaje, la palabra escrita, la herramienta básica a utilizar en la Escritura Creativa, la discriminación del hemisferio derecho respecto del izquierdo que Sperry señaló no sólo no se da si no que lo que por el contrario se produce es tanto una integración en la actividad de ambos hemisferios como una regulación del sistema límbico y consecuente equilibrio emocional, como Lieberman indicó.

 

Escribir sana: cómo, qué, cuándo… y otras cuestiones.

A finales del siglo XIX, Josef Brauer, amigo y colaborador de Sigmund Freud, descubrió el potencial de curación que tenía el hacer hablar de manera desinhibida a los pacientes. Tratando a Anna O., quien padecía de histeria (llamado hoy en día trastorno de conversión, según el DSM V), parálisis, pérdida de visión y habla, se dio cuenta que los trastornos disminuían, e incluso desaparecían, a medida que conseguía que hablase de ellos. Brauer bautizó esta técnica con el nombre de talking cure, curar hablando. Posteriormente, Freud adoptó el método de su colega para desarrollar sus teorías y las técnicas del psicoanálisis (Brauer & Freud, 1895-1966).

Pero desde el talking cure hasta hoy ha pasado más de un siglo, y siendo la escritura un hecho de conocida importancia desde tiempos remotos, no hace mucho que empezó a hablarse de writing cure, expressive writing, written emotional expression o therapeutic writing, entre otros términos.

Fue en 1983 que James W. Pennebaker condujo un estudio sin precedentes en el que vino a demostrar que escribir de hechos traumáticos, relacionando estos con las emociones negativas que conllevaron, trae consigo mejoras tanto en el estado físico como en el psicológico (Pennebaker and Beall 1986). El paradigma establecido por Pennebaker, en el que los estudiantes universitarios que  escribieron relacionando los  hechos traumáticos ocultos con las consecuentes emociones inhibidas demostraron una mejora de su estado físico y psicológico, causó revuelo en la comunidad científica y sentó precedente para las posteriores investigaciones que hasta hoy se vienen realizando en el estudio y desarrollo de la creación literaria con fines terapéuticos. “La teoría original que motivó los primeros estudios en escritura expresiva estuvo basada en la asunción de que no hablar sobre importantes hechos psicológicos es una forma de inhibición. Teniendo en cuenta los estudios hechos sobre animales y psicofisiología, nosotros propusimos que una inhibición activa es una forma de trabajo fisiológico. Este trabajo inhibitorio, que se refleja en la actividad del sistema nervioso autónomo  y central, podría ser visto como un estresante a bajo nivel y larga duración (Selye, 1976). Dicho estrés, por tanto, podría causar o exacerbar procesos psicosomáticos, y por lo tanto incrementar el riesgo de enfermedad y otros daños relacionados con el estrés.” Traducido de: James W. Pennebaker (1997) Writing about emotional experiences as a therapeutic process, Psychological Science, American Psicological Society. Vol 8, No 3. p164.

¿Cómo hacer para que la escritura sea terapéutica? ¿Qué ejercicios y técnicas son las más adecuadas? ¿En qué patologías físicas y psicológicas resulta más beneficiosa y en cuales no? ¿Qué es lo que aporta frente a las tradicionales formas de psicoterapia? ¿Qué actividades cognitivas y neuropsicológicas promueve?

Algunas de estas preguntas van encontrando respuestas, pero otras siguen abiertas en un campo de estudio todavía joven. Aún no han pasado treinta años desde aquel primer experimento realizado por Pennebaker y Beall.

El libro Writing Cure (2002) recopiló y examinó los efectos que conllevaron para la salud las distintas técnicas de escritura terapéutica aplicadas y demostradas de manera científica hasta ese momento.  Stephen J. Lepore y Joshua M. Smyth, en la introducción del libro revisan brevemente estos estudios, y atribuyen el enorme interés que ha despertado la escritura como terapia a tres factores fundamentales:

-Primero a las investigaciones y descubrimientos hechos por Pennebaker, que hasta hoy siguen demostrando que su propuesta de expresive writing “confiere una amplia variedad de beneficios, incluyendo la mejora de las funciones del pulmón en pacientes con asma y la reducción de los síntomas de aquellos afectados con artritis reumatoide (Smyth, Stone, Hurewitz & Kaell, 1999), la mejoría en la salud emocional y física en general (Greenberg and Stone, 1992;  Lepore, 1997; Pennebaker, Colder y Sharp, 1990), y en las relaciones sociales y funciones de rol (Lepore and Greenberg, in press; Spera, Buhrfeind,  & Pennebaker, 1994).

-“Segundo, puede proveer el tipo de tratamiento a bajo coste que muchos directivos, clínicos y trabajadores del ramo de la salud están hoy buscando (Friedman, Sobel, Myers, Caudill, & Benson, 1995).”

-Y tercero, ofrece la posibilidad de que ciertos individuos que tengan dificultades frente al terapeuta para hablar de sus problemas y cuestiones privadas, debido a “represiones sociales, problemas de movilidad, falta de acceso a los servicios adecuados o inhibiciones personales (Lepore, Silver, Wortman, & Wayment, 1996; Pennebaker & Harber, 1993) puedan hacerlo a través de propuestas de escritura expresiva.

Traido de: Stephen J. Lepore and Joshua M. Smyth (2002) Writing Cure. How Expressive Writing Promotes Health and Emotional Well-Being. Washington: American Psychological Association.

Personalmente, en mi taller de escritura terapéutica, al aplicar el paradigma de Pennebaker, y buscar respuestas de los asistentes a cómo se han sentido tras escribir durante quince minutos y enfrentarse a los hechos traumáticos que les han marcado la vida, algunos de ellos me mostraron su “enfadado” por haberles hecho recordar sus más íntimos traumas, y explorar en las consecuentes emociones que ellos habían apartado y creían tener olvidadas. Ante esto, mi respuesta inmediata fue el hacerles saber primero que yo no soy el culpable de esas sus emociones negativas, y segundo que vivir en la negación de experiencias traumáticas no sólo no los ayuda si no que los podría llevar, entre otras cosas, a caer en el mismo o parecido error y consecuente dolor emocional.

A este proceso mental de querer evitar el recordar y hablar de problemas y experiencias traumáticas del pasado la psicología lo llama “evitación experiencial”, proceso que, además del consiguiente trabajo inhibitorio y deterioro de la salud, lleva aparejado consigo diferentes actitudes y comportamientos que podrían variar desde el consumo de alcohol y drogas, como medida inmediata para  reducir la ansiedad y el dolor emocional, hasta el suicidio.

Si bien ha quedado de sobra demostrado que el paradigma de Pennebaker trae beneficios para la salud mental y física (“Estos estudios están demostrando repetidamente que escribir sobre sucesos emocionales puede influir en la vida de la gente” (Pennebaker 2002, p285), a mi modesto entender no todos estamos dispuestos para, desde un primer momento, enfrentarnos a ese su paradigma. Sin embargo, hay otros ejercicios prácticos que he propuesto de antemano, a forma de preparación, que han despertado la confianza, el beneplácito y positivo entusiasmo de los asistentes para posteriormente enfrentarse  con mayor disposición a explorar por escrito sus traumas y emociones.

En la primera sesión les solicito que escriban en sus cuadernos y contesten lo más honestamente posible a las siguientes tres preguntas: “Quién soy? Qué necesito para vivir? Qué quiero ser?” Les indico también que las respuestas son para ellos, que no tienen por qué compartirlas con nadie y que ahí quedan para que en casa, reflexionando con calma y escribiendo y reescribiendo tanto cuánto consideren, las vayan resolviendo y aclarando. Generalmente, estas tres básicas e iniciales preguntas han servido de por sí mismas para que comiencen a descubrirse y disparen de manera indirecta sus traumas y carencias personales. “También hemos descubierto que una de las mejores cosas de la escritura es que te pertenece sólo a ti”, me dijeron en una puesta en común.

En la clase siguiente les pregunto sobre esas tres cuestiones, sobre cómo se sintieron frente a sus escritos y reflexiones, y si los habían releído y rescrito durante la semana. Entonces les propongo otro ejercicio. Les pido que pasen esas preguntas a la tercera persona, y contesten por escrito bajo la perspectiva de esa tercera persona, que se pregunten las mismas cuestiones, como si se mirasen a ellos desde fuera: él/ella es… Él/ ella necesita…  Él/ella quiere ser… “Al escribir de nuestros problemas y experiencias traumáticas en tercera persona hemos encontrado que podemos expresarnos con gran libertad, a la vez que nos permite distanciarnos de nuestro punto de vista egocéntrico. Después de este ejercicio, uno puede sentirse mejor, como si ese ya no fuera su problema, como si fuese el problema de ‘esa’ otra persona.”

Fue entonces a la tercera semana que utilizo el ejercicio/paradigma propuesto por Pennebaker. Lo cual presumo funciona mejor que si lo hubiera propuesto desde el primer momento, ya que en ese punto los asistentes están más entrenados en el proceso de la escritura reflexiva. Aún así, y como ya he dicho, esto no ha evitado el descontento de algunos.

Una vez que se han enfrentado a ellos mismos y confrontado traumas con emociones, en la cuarta semana paso a proponerles un ejercicio de pensamiento positivo, que generalmente trae la sonrisa y el goce a las caras. Les pido que vuelvan a releer el trauma y las emociones que escribieron, y que anoten y hagan dos columnas con las palabras que usaron: una con las negativas y otra con las positivas. A continuación les pido que se detengan y reflexionen un momento frente a las dos columnas de palabras, unos cinco minutos. Y a continuación se pongan a escribir de nuevo el hecho traumático, pero esta vez usando tan sólo la columna con las palabras positivas. “Con este ejercicio pudimos ver y sacar la parte positiva de nuestra historia al rescribirla con las palabras positivas y evitando las negativas (…) Lo que  queremos decir es que creando una historia positiva imaginaria le das un giro total al sujeto de la historia, cómico si cabe, y automáticamente sonríes y te sientes mejor después de leerla.”

Yo mismo he llamado a esta técnica como post catarsis reflexivo positiva (Manu Rodríguez 2011)

Referencias 

Antonio Damasio. (2010) Y el cerebro creó al hombre. Ediciones Destino.

Roger W. Sperry. (1973) Lateral Specialization of Cerebral Function in the Surgically Separated Hemispheres. The psychophysiology of thinking. Studies of covert processes. Department of Psychology Hollins College. Roanoke, Virginia.208-229.

Lieberman, M. D., Eisenberger, N. I., Crockett, M. J., Tom, S. M., Pfeifer, J. H., & Way, B. M. (2007). Putting feelings into words: Affect labelling disrupts amygdala activity to affective stimuli. Psychological Science, 18, 421-428.

Pennebaker and Beall 1986. Confronting a Traumatic Event: Toward an Understanding of Inhibition and Disease. Journal of Abnormal Psychology, Vol. 95, No 3, 274-281.

James W. Pennebaker (1997) Writing about emotional experiences as a therapeutic process, Psychological Science, American Psicological Society. Vol 8, No 3. p164.

Stephen J. Lepore and Joshua M. Smyth (2002) Writing Cure. How Expressive Writing Promotes Health and Emotional Well-Being. Washington: American Psychological Association.

Manu Rodríguez (2011) Manual de Escritura Curativa. Editorial Almuzara

Copyright Febrero de 2012

Manu Rodríguez  www.manurodriguez.com

 

Copyright © 2012-2014 Manu Rodríguez. Todos los derechos reservados.
write 2 essays for me we write my papers writing five paragraph essay buy expository essay essay buy